¿DE CUÁNDO ACÁ TODOS TENEMOS QUE SER EMPRENDEDORES?
Una indagación genealógica del emprendedor como subjetividad producida por y para el poder gubernamental del neoliberalismo.
¿DE CUÁNDO ACÁ TODOS TENEMOS QUE SER EMPRENDEDORES?
Una indagación genealógica del emprendedor como subjetividad producida por y para el poder gubernamental del neoliberalismo.
Neoliberalismo no es el concepto que permite evitar vérselas con el capitalismo o incluso «salvarlo» por omisión; el neoliberalismo es el orden normativo de la razón del capitalismo contemporáneo. Maquiavelo dejó claro que no sólo con violencia se obtiene y conserva un gobierno, es necesario contar también con el consenso de los gobernados; Weber nos dejó saber que el capitalismo requiere de la producción de un régimen de verdad que legitime su poder.
Con Foucault, pero también a costa suya —en especial a lo que refiere al capitalismo—, interpretamos al neoliberalismo como a una gubernamentalidad, a saber, unas prácticas de gobierno que, con arreglo a una racionalidad, son capaces de crear condiciones de aceptabilidad del estado de inequidad propio del capitalismo contemporáneo, «en donde los sujetos se experimentan a sí mismos como libres, aunque los objetivos de su conducta sean puestos por otros»[1].
Sin obviar el recurso a la violencia, el caso de Latinoamérica es claro en esto, entre finales de los sesenta y principios de los ochenta tuvo lugar el gran giro neoliberal. Tres factores fueron clave en el proceso: primero, un apoyo recíproco entre las políticas neoliberales y las transformaciones del capitalismo a partir de la crisis del modelo de acumulación y regulación fordista-keynesiano[2]; segundo, una lucha ideológica que combinó una crítica en contra del Estado de bienestar y la defensa de la liberalización de los mercados, enfatizando en que el Estado providencia desmoraliza a los individuos «harto necesitados de situaciones de competencia» y en que el libre mercado tiene una «incomparable eficacia» para regular los procesos sociales; y por último, una serie de intervenciones sobre el campo de acción posible de los Estados y los individuos mediante sistemas de coacción económicos y sociales para obligarlos a conducirse, bajo la presión de la competición, de acuerdo con los principios de autoinversión y atracción de inversionistas; todo este proceso, decíamos, terminó por establecer un orden normativo de la razón, un «régimen de evidencias», que cifra y descifra cada dominio humano bajo la lógica económica[3].
La mundialización y la financiarización del capitalismo; la instauración de tasas de cambio flotantes para las divisas; el aumento en las tasas de interés como mecanismo ortodoxo de control de la inflación y sus consecuencias en las crisis de deuda soberana; la independencia de los bancos centrales, es decir, la dependencia de los Estados respecto a las exigencias de los acreedores privados y de las agencias de calificación de riesgo[4]; la importancia cada vez mayor del capital financiero y la inversión extranjera para las economías nacionales; todo esto terminó por establecer, con el Estado como vector y objetivo al mismo tiempo, un régimen de competencia generalizada entre empresas, individuos y Estados, una norma de conducta que amenaza al gobierno que salga de sus límites con la crisis económica y la deslegitimación. Esta norma implica una nueva disciplina monetaria y de la política fiscal, la liberalización del comercio, la privatización de empresas estatales y la desregulación del mercado laboral, factores que aportan para las empresas una reducción de costos y un aumento de la productividad, en otras palabras, un aumento en sus ingresos vía el incremento de plusvalía absoluta.
Esta serie de transformaciones del Estado y la subsecuente creación de situaciones de mercado refuerzan la lógica capitalista de reducir la fuerza de trabajo a una mera mercancía y obligan a los individuos a adoptar el modelo del emprendedor, «principio de conducta potencialmente universal más esencial para el orden capitalista»[5]. En un contexto de precarización laboral, de desindicalización, de recorte de derechos, de individualización y deflación de las remuneraciones, de amenaza de desempleo, los trabajadores están cada vez más supeditados a los empleadores y al mercado, y tanto las ideas de la identificación a la empresa (el nuevo managment), así como las que defienden la individualización de los destinos en gracia al esfuerzo y mérito propios (el coaching) encuentran en este orden de quiebre de los lazos sociales, de economización de lo público[6], de eliminación de los sistemas de protección social, de incertidumbre y riesgo —rasgos propios de la competencia— el campo de acción perfecto en el cual germinar. De los sujetos —a eso los obliga las circunstancias— se espera entonces que se hagan cargo de sí, asuman la responsabilidad de sus condiciones de vida y que, en ese sentido, calculen y maximicen sus intereses, trabajen sobre sí mismos para reforzarse y sobrevivir en la lucha agonística con sus semejantes. Ser empresario de sí, ser emprendedor, no refiere entonces a tener una pequeña empresa, sino a asumir a la empresa como modelo moral de comportamiento, adoptar sus lógicas a la hora de relacionarse consigo mismo y con los demás, en detrimento de una concepción alternativa del vínculo social basada en la solidaridad y en objetivos de verdadera igualdad[7].
Resumamos con Laval y Dardot: «El neoliberalismo, antes que una ideología o una política económica es, de entrada y ante todo, una racionalidad; y que, en consecuencia, tiende a estructurar y a organizar, no sólo la acción de los gobernantes, sino también la conducta de los propios gobernados. La racionalidad neoliberal tiene como característica principal la generalización de la competencia como norma de conducta y de la empresa como modelo de subjetivación»[8].
Entonces, ¿de cuándo acá todos tenemos que ser emprendedores? Podemos responder en dos registros, uno teórico y otro práctico, ambos guardando relación. En términos prácticos, ya hemos respondido: desde que, en gracia a las trasformaciones socioeconómicas ya relatadas, se nos ha dispuesto en situaciones de mercado que nos obligan a conducirnos como emprendedores. En términos teóricos la respuesta recorre casi un siglo. Según Laval y Dardot, en sus albores, nuestro personaje del emprendedor sale a escena en la obra del economista y empresario francés Jean-Baptiste Say (1767 – 1832), quien le asigna al emprendedor —y así lo enaltece— la fundamental tarea de mediar entre el conocimiento de los sabios y la ejecución de los obreros. Audaz jefe, hombre eminentemente práctico, exitosa leyenda de la revolución industrial, el emprendedor tiene cualidades especiales que lo hacen un espécimen escaso entre la población. Los periplos de nuestro personaje continúan con la obra del economista austriaco Joseph Schumpeter (1883 – 1950), en ella el emprendedor con su empresa, en gracia a su inconformismo y valor para asumir riesgos, aparece como el responsable de la dinámica económica e histórica. En estos dos momentos de la historia, sin embargo, todavía no todo el mundo es emprendedor, para la actual universalización de esta figura tenemos que esperar, por una parte, a la obra de Ludwig von Mises (1881 – 1973), en la cual reivindica el emprendimiento como a una cualidad inmanente a todo ser humano que se desarrolla en el libre mercado y, por otra, a que en las décadas de 1970 y 1980 un neoschumpeterismo rescate y se aferre a nuestro personaje como a un salvavidas en el naufragio del capitalismo fordista-keynesiano, convirtiéndose en estandarte de la ideología gerencialista (managerial), figura heroica que relanzará la economía con su espíritu gerencial, que anuncia el advenimiento de una sociedad de emprendedores.[9] Años más tarde, la educación, la prensa y las organizaciones internacionales difundirán y estimularán dicho modelo: «No carece de interés la constatación de que la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y la Unión Europea, sin referirse explícitamente a los lugares de elaboración de este discurso sobre el individuo-empresa universal, serán agentes muy potentes al servicio de su transmisión, haciendo de la formación en el “espíritu emprendedor”, por ejemplo, una prioridad de los sistemas educativos en los países occidentales»[10].
Aclaremos, no obstante, un posible malentendido: el neoliberalismo no se reduce a condicionar las conductas de manera negativa, bajo la forma de un chantaje que dice «o te adaptas o pierdes»; el neoliberalismo también actúa de manera positiva, productiva. En este sentido, en un primer grado de fuerza, ser un empresario de sí mismo significa cargar con los costos, riesgos y desamparo propios de la flexibilización del mercado laboral, la financiarización de la economía y la empresarialización del Estado; en este nivel podemos encontrar a los que aun pudiendo tomar una relativa distancia respecto de los discursos y mandatos de la época, saben también que salirse de la norma implica riesgos y sacrificios muy altos —como el desempleo, la opresión o la marginación—y por tanto se resignan a comportarse de acuerdo a las reglas del mercado. Este primer grado de fuerza del neoliberalismo tiene su importancia por dos razones: porque deja claro que existen espacios de libertad en los cuales acometer una lucha ética y política por lo común, pues los procesos de subjetivación no alcanzan a borrar al sujeto[11], y asimismo porque deja claro que en el neoliberalismo no ha desaparecido ni el poder disciplinante ni jurídico; el recurso a la coerción está a la mano para controlar a quienes intentan salirse de sus dominios y hasta el recurso a la violencia para aquellos que intentan oponerse abiertamente a él.
Pero, como queríamos aclarar, el neoliberalismo tiene también una faz positiva, allí radica su novedad[12]: actuando sobre el campo posible de acción de los individuos, buscando no tanto obligarlos a actuar en contra de su voluntad sino hacer coincidir sus deseos y proyectos con los objetivos del capitalismo, el neoliberalismo produce subjetividades. En este segundo grado de fuerza, un emprendedor es aquel que no sólo está obligado a asumir la competencia y la ley del más fuerte, sino que, además, se identifica con ellas: ve a la sociedad como a un conjunto de individuos que pierden y ganan de acuerdo a sus propios méritos, se aferra a la promesa de placeres que vendrán con el éxito, insufla su narcisismo porque se cree un ganador, asume con goce todo el necesario sacrificio y trabajo sobre sí para lograr su cometido.
Capitalizar tu propia vida, gestionarla de cara al mercado, elegir sabiamente —como quien gestiona una cartera de inversiones— tus amigos, tu red de contactos, tu servicio de salud, tu fondo de pensiones, tu escuela y universidad (la que mejor cualifique tus competencias); mejorar tu curriculum, hacer un voluntariado, aprender inglés, tener una maestría, un doctorado, o por lo menos algunos diplomados y unos cuantos años de experiencia para conseguir y mejorar en tu trabajo; invertir en vivienda, acciones o en criptomonedas; ir al gym, comer saludablemente, acumular experiencias, aumentar tu capital cultural; todos los aspectos de la vida, hasta el consumo y el ocio pueden tomarse como una inversión. He aquí al ser humano vuelto empresa, emprendedor de sí mismo, que busca siempre su propia valorización. En cada solicitud de trabajo, de beca, de crédito, de cupo en una universidad, en cada relación interpersonal eres evaluado y debes demostrar que has gestionado de la mejor manera tu «capital humano», las inversiones de tu tiempo.
Podemos concluir diciendo que el emprendedor tiene una ética, una forma de ser y una de gozar que lo caracterizan. Esta ética consiste en un trabajo de control y evaluación económica sobre todas las actividades de la vida, una compulsión al mejoramiento permanente del yo, un estar atento a las oportunidades, viviendo siempre en riesgo. Sus máximas son «ayúdate a ti mismo» (es decir, eres el único responsable de tu situación) y «ámate a ti mismo» (es decir, sólo cuentas contigo en la competencia). Sus valores son: la energía, la iniciativa, la competencia, la ambición, el éxito. Su meta: la realización integral, que por ser imposible se acompaña siempre de una sombra de insatisfacción. Su referencia: el hombre hecho a sí mismo; ya que no se puede cambiar el mundo, por lo menos que nos inventemos a nosotros mismos. Sus maestros: los coaching, gerentes de felicidad, impulsadores de la programación neurolingüística y demás consejeros en estrategias de vida, que desarrollan cada cual verdaderas técnicas de gobierno de sí, con modelos, instrucciones e instrumentos propios, en pro de un resultado: la eficacia en la conducción de sí mismo y los demás. Esta lógica empresarial (de la competencia, la comparación, el rendimiento) exige la medición de resultados: en este sentido el emprendedor tiene su ser cifrado, es contable y, en gracia a esta condición, es que puede estar sometido, no sólo a su propia evaluación sino al examen y calificación de agentes externos: evaluaciones, clasificaciones, auditorías, ratings, todas formas de medir; visualizaciones, interacciones, contactos, seguidores, títulos, dinero, experiencia, todas características contables que permiten la evaluación continua del rendimiento del emprendedor, forma objetiva de compararlo y compararse. La forma de gozar, característica del empresario de sí, es el «goce de sí» que se entiende como la aspiración a la plenitud imposible; en el capitalismo contemporáneo, sin embargo, comporta una novedad. Ésta radica en que, aunque en el capitalismo contemporáneo este goce sigue siendo limitado y parcial, las restricciones sociales y culturales que lo acotan son denegadas: los sacrificios, esperas y esfuerzos que restringen al goce ya no son justificados por ninguna ley externa al sujeto, sino que es este mismo sujeto neoliberal —que no le debe nada a nadie— el que las reivindica. Imaginariamente el trabajador no pierde porque, en lo inmediato, «trabaja para sí mismo», nada es un gasto sino una inversión, nada es una obligación sino una elección: «la pérdida no es verdaderamente una pérdida, ya que el propio sujeto la habría decidido. (…) Hay que consentir a entregarse al trabajo, plegarse a las exigencias ordinarias de la vida. Si el sujeto es requerido a hacerlo, es como empresa de sí, de tal manera que el yo pueda sostenerse en un pleno goce imaginario en un mundo completo. Cada cual es el amo, o al menos cree poderlo ser. Goce de sí en el orden imaginario y denegación del límite se presentan de este modo como la ley misma de la ultrasubjetivación»[13]. Este imperativo al goce de sí —siempre se puede ser más bello, más eficiente, tener más dinero, etc.— está respaldado además por el principio neoliberal según el cual la libertad se mide en la ampliación del campo de elección que tenga un individuo. Esta elección, sin embargo, es mercantil, es decir, se da no por un mejoramiento social de las condiciones de vida de las personas, sino por expandir cada vez más las fronteras de lo comercializable. Pasando por encima de cualquier barrera ética o política (otra forma de denegar la ley simbólica), vemos convertidas en mercancía un gran número de cosas que hace algunos años era impensable comercializar. Una verdadera explosión en el mundo de los servicios, una obligación de elegir, una compulsión agonística a vencer al otro mediante la mejora incesante de sí, una aspiración imposible a la autorrealización, están a la base del excesivo circuito placer-insatisfacción-placer que se llama goce: la subjetivación como emprendedor se da a través de este persistente exceso de sí respecto de sí mismo.
Esta forma positiva del neoliberalismo muestra que también en la «libertad» del emprendedor hay sujeción. Las obscenas imágenes del exitoso desvergonzado, del empresario hecho a sí mismo en un mundo lleno de desigualdad y miseria, no son sino las guirnaldas que adornan las cadenas de la sujeción a la subjetividad del empresario de sí, sometida a un dispositivo de rendimiento/goce desde el que se autogobierna en función de los objetivos del capital: el crecimiento de la productividad y del consumismo para la acumulación de la riqueza y el poder de unos pocos. El mito del hombre egoísta que sólo se rige por su interés es originalmente autoría de Thomas Hobbes, mismo que demostró, con su concepción del Leviatán, que el aislamiento individualista encaja perfectamente con el orden absolutista. Ese hombre egoísta hobbesiano será retomado por la doctrina del homoeconomicus, y sus variaciones y evolución, determinadas por la historia del capitalismo, terminarán en nuestros días con la figura del emprendedor. Lo que de absolutista tiene el neoliberalismo, que intenta borrar las diferencias constitutivas de los sujetos, que hace que el mercado hable por todos ellos, tiene la garantía de su perduración en aquella solipsista y despolitizada libertad individual del emprendedor, en el aislamiento de los sujetos.
REFERENCIAS
[1] Santiago Castro Gómez, Historia de la gubernamentalidad. Razón de Estado, liberalismo y neoliberalismo en Michael Foucault (Bogotá, Siglo del hombre Editores 2010), 12.
[2] «La nueva política monetarista se esfuerza precisamente por responder a los dos problemas principales que constituían la estanflación y el poder de presión ejercido por las organizaciones de asalariados. Rompiendo la indexación de los salarios en función de los precios, se trató de transferir la sangría producida por las dos crisis petrolíferas al poder de compra de los asalariados en beneficio de las empresas. Los dos ejes principales del vuelco de la política económica fueron la lucha contra la inflación galopante y la restauración de los beneficios a finales de los años 1970. El aumento brutal de las tasas de interés, a costa de una severa recesión y un aumento del paro, permitió lanzar rápidamente una serie de ofensivas contra el poder sindical, recortar los gastos sociales al mismo tiempo que los impuestos y favorecer la desregulación». Christian Laval y Pierre Dardot, La nueva razón del mundo (Barcelona: Editorial Gedisa, S.A., 2013), 196 – 197.
[3] Ibid., 193.
[4] Maurizio Lazzarato, La fábrica del hombre endeudado (Buenos aíres: Amorrortu, 2013), 22.
[5] Christian Laval y Pierre Dardot, La nueva razón del mundo, 135.
[6] «Además, en su nueva forma economizada, los Estados neoliberales reducirán tanto como puedan el costo de desarrollar y reproducir capital humano. Por consiguiente, sustituyen la educación superior pública por educación financiada a través de deudas individuales, la seguridad social por ahorros personales y el empleo indefinido, los servicios públicos de todo tipo por servicios adquiridos individualmente, la investigación y el conocimiento público por la investigación patrocinada por el sector privado, y la infraestructura pública por las cuotas por uso. Cada una de estas medidas intensifica las desigualdades y restringe aún más la libertad de los sujetos neoliberalizados a quienes se les pide que procuren de modo individual lo que antes se proveía en común». Wendy Brown, El pueblo sin atributos (Madrid: Malpaso, 2016), 37.
[7] Christian Laval y Pierre Dardot, La nueva razón del mundo, 333.
[8] Ibid., 15.
[9] «La concepción del individuo como un emprendedor al mismo tiempo innovador y explotador de las oportunidades es, por lo tanto, la culminación de varias líneas de pensamiento, entre las cuales se encuentran la “praxeología” de von Mises y la difusión de un modelo de management que aspira a una validez universal» Ibid., 155.
[10] Ibid., 156.
[11] «Foucault ya vislumbraba que la maquinaria capitalista de lo ilimitado, si quería seguir funcionando, tenía que introducirse en la propia subjetividad (…) el neoliberalismo intenta borrar el sujeto, en su singular existencia como hablante, sexuado y mortal (…) [es por esto que] se debe distinguir al sujeto constituido por el Otro simbólico (sujeto vacío, no idéntico a sí mismo y eventualmente abierto a la causa del deseo) de las relaciones de poder productoras de la subjetividad del consumidor consumido. Sin esta diferencia, todo quedaría enredado en las relaciones de poder, y se volvería imposible determinar en qué lugar se puede efectuar la sustracción de las mismas». Ibid., 21.
[12] «El rasgo más distintivo del neoliberalismo consiste en capturar y producir subjetividades acordes con la reproducción ilimitada del capitalismo» Jorge Alemán, Ideología. Nosotras en la época. La época en nosotros (Argentina: Ned Ediciones, 2021), 20.
[13] Christian Laval y Pierre Dardot, La nueva razón del mundo, 378.
AUTOR

Santiago Piedrahita Betancur
Director del Centro de Estudios Estanislao Zuleta.

Santiago Piedrahita Betancur
Director del Centro de Estudios Estanislao Zuleta.