El proyecto «La razón poética» buscó contribuir a la formación de lectores sensibles a la belleza y sabiduría que comporta la poesía, defendiendo que esta no se reduce a ser un género irracional, más expresivo que lógico, sino que puede ser también un estilo de pensamiento en funcionamiento. Para ello, realizamos de una serie de encuentros en espacios no convencionales de la comuna 10 (cafés, bares, organizaciones sociales, entre otros) en los que se combinó la declamación de poemas, el análisis y la conversación en torno a estos. Buscando resaltar la universalidad de la poesía, elegimos poetas de todo el mundo, enfatizando, eso sí, en una igualdad de representación de género.
Concretamente, realizamos una conferencia inaugural con el objetivo de realizar la promoción de los círculos de lectura y conversación, la cual estuvo a cargo del poeta, ensayista y traductor Carlos Ciro, y creamos cuatro círculos de lectura y conversación en los que se abordó un conjunto de poemas bajo el método de interpretación que articula el instante para ver, el tiempo para comprender y el momento para concluir, en pro de la formación de subjetividades en las que se complemente la facultad de lo racional y lo sensible. Los análisis producidos en los círculos de lectura y conversación se divulgaron por medio de ensayos y un podcast con cinco episodios. Por otro lado, para ampliar el alcance del proyecto más allá de la comuna 10, el presente producto multimodal contiene los resultados del proyecto: la grabación de la conversación inaugural del proyecto; los poemas que fueron abordados; la grabación de la declamación de estos; los ensayos y la reproducción digital de las obras plásticas fruto de los análisis llevados a cabo en los círculos de lectura y conversación, y los episodios del podcast. Tal material, en tanto memoria del proceso, podrá servir para que la metodología del proyecto sea replicada en otros territorios.
Los poemas trabajados fueron los siguientes: sobre el amor y su finitud, lo escaso que es como acontecimiento, las dificultades que conlleva su final y los estragos que provoca en la cotidianidad cuando emerge tomamos en cuenta «Oda al amor» de María Mercedes Carranza y «No quiero que te vayas dolor» de Pedro Salinas. En lo que se refiere al erotismo, su relación con la fantasía, la transgresión y la norma social: «Detente sombra» de Sor Juana Inés de la Cruz y «Erótica» de Eduardo Gómez. En cuanto al misterio del tiempo, su relación con lo fugaz, la belleza y la mortalidad humana: «El reloj de arena» de Francisco de Quevedo y «El guardián del hielo» de José Watanabe. Finalmente, sobre las dos caras de la vida; la oscura de momentos aciagos y duros, con «dones» que le arrebatan su sentido, pero también la cara de los instantes de júbilo y asombro por el misterio que ella constituye: «El poema de los dones» de Jorge Luis Borges y «Acción de gracias» de Carlos Framb.
No quiero que te vayas
dolor, última forma
de amar. Me estoy sintiendo
vivir cuando me dueles
no en ti, ni aquí, más lejos:
en la tierra, en el año
de donde vienes tú,
en el amor con ella
y todo lo que fue.
En esa realidad
hundida que se niega
a sí misma y se empeña
en que nunca ha existido,
que sólo fue un pretexto
mío para vivir.
Si tú no me quedaras,
dolor, irrefutable,
yo me lo creería;
pero me quedas tú.
Tu verdad me asegura
que nada fue mentira.
Y mientras yo te sienta,
tú me serás, dolor,
la prueba de otra vida
en que no me dolías.
La gran prueba, a lo lejos,
de que existió, que existe,
de que me quiso, sí,
de que aún la estoy queriendo.
Una tarde que nunca olvidarás
llega a tu casa y se sienta a la mesa.
Poco a poco tendrán un lugar en cada habitación,
en las paredes y los muebles estarán sus huellas,
descenderá tu cama y ahuecará la almohada.
Los libros de la biblioteca, precioso tejido de años,
se acomodarán a su gusto y semejanza,
cambiarán de lugar las fotos antiguas.
Otros ojos mirarán tus costumbres,
tu ir y venir entre paredes y abrazos
y serán distintos los ruidos cotidianos y los olores.
Cualquier tarde que ya nunca olvidarás
el que desbarató tu casa y habitó tus cosas
saldrá por la puerta sin decir adiós.
Deberás comenzar a hacer de nuevo la casa,
reacomodar los muebles, limpiar las paredes,
cambiar las cerraduras, romper retratos,
barrerlo todo, y seguir viviendo.
Detente, sombra de mi bien esquivo
imagen del hechizo que más quiero,
bella ilusión por quien alegre muero,
dulce ficción por quien penosa vivo.
Si al imán de tus gracias atractivo
sirve mi pecho de obediente acero,
¿para qué me enamoras lisonjero,
si has de burlarme luego fugitivo?
Mas blasonar no puedes satisfecho
de que triunfa de mí tu tiranía;
que aunque dejas burlado el lazo estrecho
que tu forma fantástica ceñía,
poco importa burlar brazos y pecho
si te labra prisión mi fantasía.
—Andante—
Su boca ávida y tierna
como un destino envolvente
lacera con dulzura insistente
lo que del orgullo queda,
se obnubila en oscuro ardor
—vaivén de húmedos labios—
respiraciones afanosas
asfixian toda decencia.
Viajero hacia por dentro
por el río de mis venas
pasión vigor que desflora
hasta el inaccesible centro.
Somos uno en doble llama
—palabras alucinadas—
plenitud que rebosa intensa
la purpúrea flor hinchada
que palpita exasperada
chisgueteando blancura densa.
—Adagio—
Lo indecible ha sucedido
la blanda descarga los ha escindido
y ahora flotan desgonzados
río abajo los abandonados.
Los iluminan pálidos fulgores
cuando al dormir suenan ruiseñores
quieren ser uno en el rescoldo palpitante
haciendo eternidad del delicioso instante.
¿Qué tienes que contar, reloj molesto,
en un soplo de vida desdichada
que se pasa tan presto;
en un camino que es una jornada,
breve y estrecha, de éste al otro polo,
siendo jornada que es un paso solo?
Que, si son mis trabajos y mis penas,
no alcanzaras allá, si capaz vaso
fueses de las arenas
en donde el alto mar detiene el paso.
Deja pasar las horas sin sentirlas,
que no quiero medirlas,
ni que me notifiques de esa suerte
los términos forzosos de la muerte.
No me hagas más guerra;
déjame, y nombre de piadoso cobra,
que harto tiempo me sobra
para dormir debajo de la tierra.
Pero si acaso por oficio tienes
el contarme la vida,
presto descansarás, que los cuidados
mal acondicionados,
que alimenta lloroso
el corazón cuitado y lastimoso,
y la llama atrevida
que Amor, ¡triste de mi!, arde en mis venas
(menos de sangre que de fuego llenas),
no sólo me apresura
la muerte, pero abréviame el camino;
pues, con pie doloroso,
mísero peregrino,
doy cercos a la negra sepultura.
Bien sé que soy aliento fugitivo;
ya sé, ya temo, ya también espero
que he de ser polvo, como tú, si muero,
y que soy vidrio, como tú, si vivo.
Y coincidimos en el terral
el heladero con su carretilla averiada
y yo
que corría tras los pájaros huidos del fuego
de la zafra.
También coincidió el sol.
En esa situación cómo negarse a un favor llano:
el heladero me pidió cuidar su efímero hielo.
Oh cuidar lo fugaz bajo el sol…
El hielo empezó a derretirse
bajo mi sombra, tan desesperada
como inútil.
Diluyéndose
dibujaba seres esbeltos y primordiales
que sólo un instante tenían firmeza
de cristal de cuarzo
y enseguida eran formas puras
como de montaña o planeta
que se devasta.
No se puede amar lo que tan rápido fuga.
Ama rápido, me dijo el sol.
Y así aprendí, en su ardiente y perverso reino,
a cumplir con la vida:
yo soy el guardián del hielo.
Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.
De esta ciudad de libros hizo dueños
a unos ojos sin luz, que sólo pueden
leer en las bibliotecas de los sueños
los insensatos párrafos que ceden
las albas a su afán. En vano el día
les prodiga sus libros infinitos,
arduos como los arduos manuscritos
que perecieron en Alejandría.
De hambre y de sed (narra una historia griega)
muere un rey entre fuentes y jardines;
yo fatigo sin rumbo los confines
de esta alta y honda biblioteca ciega.
Enciclopedias, atlas, el Oriente
y el Occidente, siglos, dinastías,
símbolos, cosmos y cosmogonías
brindan los muros, pero inútilmente.
Lento en mi sombra, la penumbra hueca
exploro con el báculo indeciso,
yo, que me figuraba el Paraíso
bajo la especie de una biblioteca.
Algo, que ciertamente no se nombra
con la palabra azar, rige estas cosas;
otro ya recibió en otras borrosas
tardes los muchos libros y la sombra.
Al errar por las lentas galerías
suelo sentir con vago horror sagrado
que soy el otro, el muerto, que habrá dado
los mismos pasos en los mismos días.
¿Cuál de los dos escribe este poema
de un yo plural y de una sola sombra?
¿Qué importa la palabra que me nombra
si es indiviso y uno el anatema?
Groussac o Borges, miro este querido
mundo que se deforma y que se apaga
en una pálida ceniza vaga
que se parece al sueño y al olvido.
Qué Cosmos es este, que hasta la flor más breve da perfume y nada hay tan pequeño que no haya sido engendrado entre esplendores. Cosmos que se deja admirar y conocer, que permite a nuestro espacio esa rara cualidad: la curvatura, y consiente la increíble ubicuidad de pi. Otras geometrías acaso hay que no sabemos.
Qué azar es este, el de morar en un fértil Universo cuyos mundos comparten la virtud potencial de hacerse piel inteligente, en cuyo abismo urden los seres tan profuso y enigmático tejido, en cuyo tórax de galaxias que se expande y se enfría crepita aún la llama temblorosa de mi corazón.
Es mi asombro que tuviera cada cosa su existencia, cada cual su propio rostro, cada uno su nombre y un destino, que observara el arroyo el mandato inagotable de fluir, perpetuara la rosa en cada brote su misión de florecer y armonizara el polen con la abeja y con el viento.
Es mi alegría que tuviera la materia que soy el atributo de transmutarse en poesía, que del fuego original y sus pavesas emanara este día de desnudez y paraíso, que en el cósmico espumar de la entropía irrevocable prosperara esta página fugaz de acción de gracias.
NUESTRO
PODCAST
La razón poética es un podcast que se enmarca en el proyecto del mismo nombre. En este programa el oyente tiene a su disposición cuatro episodios que trata sobre el desamor, el erotismo, el tiempo y el agradecimiento. En cada episodio se conversará en torno a dos poemas que, a modo de contraste, permiten ahondar en las temáticas anteriormente señaladas.
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PODCAST
La razón poética es un podcast que se enmarca en el proyecto del mismo nombre. En este programa el oyente tiene a su disposición cuatro episodios que trata sobre el desamor, el erotismo, el tiempo y el agradecimiento. En cada episodio se conversará en torno a dos poemas que, a modo de contraste, permiten ahondar en las temáticas anteriormente señaladas.
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PODCAST
La razón poética es un podcast que se enmarca en el proyecto del mismo nombre. En este programa el oyente tiene a su disposición cuatro episodios que trata sobre el desamor, el erotismo, el tiempo y el agradecimiento. En cada episodio se conversará en torno a dos poemas que, a modo de contraste, permiten ahondar en las temáticas anteriormente señaladas.
Reseñas
El dolor como una forma de amar y comprobar la verdad
Escrita por Diana Patricia Caro Naranjo
¿De qué manera en el poema No quiero que te vayas dolor, de Jorge Salinas, se indica una relación entre el amar, el dolor y la comprobación de la verdad? Dicha pregunta se deriva de la participación en el taller de lectura La razón poética liderado por el CEEZ. En concreto, la idea que quiero plantear es que en el poema No quiero que te vayas dolor, de Jorge Salinas, el dolor es la prueba de que un amor existió, lo que establece una relación entre el amar, el dolor como una forma de amar, y como evidencia de la verdad. Para desarrollarla apuntaré, precisamente, en las nociones antedichas.
El dolor como una forma deseada de amar se plantea desde la primera parte del poema, cuando dice:
No quiero que te vayas
dolor, última forma
de amar.
Ahora, ¿por qué es una forma de amar? ¿Por qué la última? Podemos asumir que amar tiene varias formas vinculadas al momento en el que el amor se produce, se ejerce y, finalmente, se termina, una primera y una última forma de amar, siendo ésta la más contundente, la que deja el dolor como recordación. Sumado a esto, en el «no quiero que te vayas dolor» se indica que el dolor puede, efectivamente, permanecer, siendo, a su vez, una manera de seguir amando, pues hay algo que queda, aunque el amado ya no esté.
Por su parte, hay también una súplica para que aquello que hace sentir vivo al amante no se difumine, pues tanto el amor como el dolor le hacen sentir a éste la vida que vivió cuando el amor no había terminado con ese otro. De hecho, es tan intensa la sensación expresada en el poema, que existieron el tiempo y «la tierra» de ese amor:
(…) Me estoy sintiendo
vivir cuando me dueles
no en ti, ni aquí, más lejos:
en la tierra, en el año
de donde vienes tú,
en el amor con ella
y todo lo que fue.
Hasta ese momento el poema da cuenta de que un amor existió y culminó. Lo interesante aparece cuando se introduce una oposición entre la certeza y la duda de lo vivido. ¿Puede ser tan fuerte la culminación de un vínculo amoroso, la partida del amado que, incluso, lo vivido se puede poner en duda:
En esa realidad
hundida que se niega
a sí misma y se empeña
en que nunca ha existido,
que sólo fue un pretexto
mío para vivir.
Suele suceder que la relación entre el amor y la búsqueda de la verdad se asume desde la dupla amor y mentira, siendo ésta última una forma del engaño y, por ende, la verdad como el descubrimiento de la mentira. Una relación bastante simple y cerrada. En cambio, la relación que se propone en el poema es de una mayor complejidad, pues no se trata del engaño en el amor si no de dos relatos distintos sobre un mismo hecho vivido. En este caso tenemos el relato del amante, que sigue amando, y lo hace, precisamente, porque el dolor ha quedado como prueba del duelo por la pérdida:
Si tú no me quedaras,
dolor, irrefutable,
yo me lo creería;
pero me quedas tú.
El dolor es así la posibilidad de creer, aunque esa otra ya no esté. El amante puede decir: es cierto, estoy amando, y lo hago porque, justamente, me duelo ante la ausencia de la amada. De este modo la mentira aparece como una posibilidad derivada de la imaginación, y el dolor como una forma de refrendar lo verdaderamente vivido. Una pérdida aconteció y dejó un cuerpo dolorido, siendo dicha condición una muestra de que la realidad produjo efectos que no son alcanzados por la imaginación:
Tu verdad me asegura
que nada fue mentira.
Y mientras yo te sienta,
tú me serás, dolor,
la prueba de otra vida
en que no me dolías.
La gran prueba, a lo lejos,
de que existió, que existe,
de que me quiso, sí,
de que aún la estoy queriendo.
Escrita la relación con una «ella» en pasado, y un dolor en el presente como verdad de lo vivido, se puede pensar en que el amor tiene formas de sostenerse como cierto una vez ha sido realizado con un otro que, a su vez, se ha ido.
Poesía y erotismo, entre la transgresión y la fuga
Escrita por Jessica Martínez y Mario Salas
La poesía y el erotismo, expresiones derivadas de nuestro devenir como seres del lenguaje, contienen una potencia que permite la transgresión de esquemas, normas y códigos sociales. Así pues, la poesía, lo erótico y lo erótico en la poesía no se encuentran determinados por unos atributos fijos, propios de ciertas prácticas, versos o temáticas. De hecho, no se trata sólo de palabras específicas o imágenes explícitas, sino de la dialéctica entre lo dicho y lo no dicho, entre la cercanía y la distancia, entre el intento de comprender y el extravío inevitable.
De ello dan cuenta los poemas Detente, sombra de mi bien esquivo de Sor Juana Inés de la Cruz[1] y Erótica de Eduardo Gómez[2]. Desde orillas distintas, las composiciones de estos autores exceden la literalidad y la racionalidad y permiten pensar una recreación del cuerpo y de la experiencia sexual apelando al vasto campo de la imaginación.
La palabra poética seduce desde aquello que no se deja atrapar: eso que se escapa, que se resiste y que mantiene viva una tensión que a su encuentro con el lector despierta emociones, fantasías, incomodidades o placeres. Esta fuga semántica permite, a quien se enfrenta al texto, vivenciar una amplia gama de sensaciones que no siguen una única direccionalidad o que desembocan en un sentido exclusivo; en su lugar, hace de punto de partida para la exploración de lo que aún no está contenido en la alforja de nuestra experiencia.
Por otra parte, lo erótico da cuenta de un cuerpo que se rehúsa a ser encasillado, que busca abarcar lo imposible desde el deseo que desborda y moviliza y que hace de hoja de ruta en el seguimiento del placer inasible o esquivo. La voluptuosidad —como puerta de escape al mandato natural de la reproducción y a las disposiciones sociales de la sexualidad— permite a los cuerpos generar nuevas afirmaciones corporales y/o mentales que podrían manifestarse como expresión y reivindicación soberana de la libertad humana.
En efecto, cada nueva lectura de un poema erótico trae consigo una experiencia sensual original y no trivial producto de la irreductibilidad del escrito a un significado último, del abanico de fenómenos que este engendra y de la singularidad e inmanencia de quien se expone a la obra poética. Aquel que lee toma algo quieto y lo anima.
En conclusión, la posición activa que el sujeto encarna en su encuentro con la poesía y el erotismo, aparece como la materialización de la potencia transgresora que estas expresiones poseen y que permiten el quebrantamiento de ciertos moldes que pretenden determinar lo humano. Así, la poesía erótica no se ofrece como objeto clausurado, sino como experiencia siempre renovada y renovadora: un gesto que nos devuelve al misterio del lenguaje y del deseo, recordándonos que lo erótico vive precisamente en lo que no se deja fijar, en la promesa que mantiene abierto el juego entre palabra, cuerpo y eros.
[1] Sor Juana Inés de la Cruz (San Miguel Nepantla, Tepetlixpa, 12 de noviembre de 1648 o 1651-Ciudad de México, 17 de abril de 1695) fue la última gran poeta de los Siglos de Oro de la literatura en español. Inscrita en el estilo barroco, su poesía es rica en complejas figuras del lenguaje, conceptos ingeniosos y referencias a la mitología grecolatina. Para mayor información, consulte: https://www.elem.mx/autor/datos/1161.
[2] Eduardo Gómez (Miraflores, Boyacá, 1932-Bogotá, 19 de agosto de 2022) fue un escritor y poeta colombiano. Estudió literatura y dramaturgia en Alemania. Por más de cuarenta años fue profesor de literatura europea en los Andes, y algunos años en las universidades Javeriana, Pedagógica, Nacional y la Escuela de teatro de Bogotá. Para mayor información, consulte: https://ceez.org/wp-content/uploads/2022/07/Extracto-Poesia-completa-de-Eduardo-Gomez.pdf.
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