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DEMOCRACIA LIBERAL Y REVOLUCIÓN BURGUESA: APUNTES SOBRE LA SOCIEDAD CAPITALISTA MODERNA

¿Existe alguna relación entre la democracia liberal y el desarrollo del capitalismo?, ¿tuvo alguna vez algo de revolucionaria la burguesía?, ¿hubo en la aristocracia alguna filiación burguesa? En esta ocasión, al observar el pasado con detenimiento, se hace inevitable entender las continuidades que asisten  el presente de la realidad social. Desde la modernidad el factor universal, igualitario y social de los desarrollos humanos fue beneficiado en en favor de pocos y en detrimento de la mayoría social.

DEMOCRACIA LIBERAL Y REVOLUCIÓN BURGUESA: APUNTES SOBRE LA SOCIEDAD CAPITALISTA MODERNA

¿Existe alguna relación entre la democracia liberal y el desarrollo del capitalismo?, ¿tuvo alguna vez algo de revolucionaria la burguesía?, ¿hubo en la aristocracia alguna filiación burguesa? En esta ocasión, al observar el pasado con detenimiento, se hace inevitable entender las continuidades que asisten  el presente de la realidad social. Desde la modernidad el factor universal, igualitario y social de los desarrollos humanos fue beneficiado en favor de pocos y en detrimento de muchos.

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Antes del capitalismo las redes de intercambio extendidas por el globo se conectaron mediante la expansión europea, y por cuenta de la labor de mercaderes ingleses, españoles, portugueses, holandeses, franceses, etc. Antes del capitalismo se establecieron, también, rutas favorables a la circulación de los recursos (metales preciosos, minerales, hombres esclavizados, alimentos…) extraídos de diferentes partes del mundo. Antes, Europa tuvo que «engordar» durante los siglos XV, XVI, XVII y XVIII, a costa de la explotación de aquellas poblaciones americanas, africanas, caribeñas y asiáticas, a quienes condenó primero a la violencia explícita, al trabajo forzado y a unas condiciones inhumanas de vida, y más tarde obligó a la dependencia política y económica: «alianzas entre naciones hermanas». Antes del capitalismo aquellos artesanos agremiados, que capitanearon la organización económica de la Baja Edad Media, vivieron un periodo de decadencia provocado por la aparición de una burguesía incipiente, que extrajo su poder y riquezas de una red mundial de comercio en formación. Antes de la consolidación robusta del capitalismo el viraje urbano efectuado sobre la Europa rural produjo (entre el siglo V y XV) la transformación de las relaciones feudo-vasalláticas, y de las vecindades comunales, en relaciones privadas concentradas en la ciudad.[1]2 Varios de los elementos que catapultaron la organización económica y política de una sociedad basada en «el antagonismo de intereses privados»[2] existieron mucho antes de lo que se nombró más tarde como capitalismo.

A finales del siglo XVIII e inicios del XIX el conjunto de las relaciones de producción en que se dibujaba ya la sociedad capitalista cobró un nuevo impulso, fruto de la estructuración moderna de las relaciones jurídicas y de las fuerzas de producción.[3] El nacimiento de la burguesía, con sus modos de diferenciación práctica y simbólica, se encuentra íntimamente vinculado a «La gran revolución», también conocida como la doble revolución: la Revolución Francesa, de orientación política, y la Revolución Industrial inglesa.[4] Por una parte, la Revolución Industrial incorporó técnicamente al sujeto de la producción (u objeto, más bien, si se considera la condición enajenada de su trabajo) en la fábrica, mientras que la Revolución Francesa introdujo la reglamentación formal de las relaciones sociales, a partir de categorías jurídicas con las que cada individuo pudo al fin sentirse representante soberano de su interés particular.[5]

Para el materialismo dialéctico (histórico) la estructura económica se relaciona estrechamente con el espectro jurídico y político que modela ―y es modelado por― unas determinadas formas sociales de la conciencia.[6] En este sentido, los cambios producidos en el desarrollo de las fuerzas productivas se desplegaron a la par de las transformaciones en la organización de las relaciones humanas y en la autocomprensión de los sujetos en la modernidad.

El proceso de globalización que se llevó a cabo en el siglo XIX no sólo fue dinamizado por el desarrollo comercial europeo, también fue movilizado por la desaparición de la preeminencia del intercambio local. Pronto una élite urbana en ascenso, compuesta por los comerciantes de los bienes producidos por el trabajo artesanal, se vio favorecida con las rutas extendidas sobre los corredores interoceánicos y transnacionales, que permitieron a diferentes naciones el desarrollo de sus relaciones comerciales.[7] Esta élite urbana logró acumular ganancias por cuenta de los sobrecostos incorporados a las mercancías en circulación (aunque no exclusivamente en base a ello), ganancias que luego se convirtieron en capital gracias a diferentes factores. Factores como «la expropiación del productor directo, o lo que es lo mismo, la destrucción de la propiedad privada basada en el propio trabajo»,[8] el nacimiento de la fábrica y de las formas cooperativas necesarias a una determinada división del trabajo, además de la ampliación de las demandas del mercado en expansión…, compusieron el marco de desarrollo de un proceso de acumulación originario de riqueza, que pronto se valorizaría de acuerdo a la explotación de una clase social desposeída recientemente formada.

Horrorizados ante los sucesivos cambios, algunos miembros de la aristocracia en decadencia intentaron comprender y explicar lo anterior de una manera teórica y política. Tal es el caso de Alexis de Tocqueville (1805-1859), jurista, político e historiador francés, quien, a pesar de ser miembro de una añosa familia de la aristocracia, se consagró como uno de los más importantes ideólogos del liberalismo clásico.[9] Según Tocqueville el ascenso de la burguesía trajo consigo una forma de la diferenciación social (cultural y material) mucho más tenue que aquella sostenida, tiempo atrás, por la aristocracia. El poder reunido en la figura de la burguesía no tardó en verse acorralado por una serie de antagonismos: el de actores históricos en decadencia como la aristocracia y la nobleza, y el antagonismo de un proletariado incipiente, que gradualmente tomó entre manos su papel fundamental al interior de la producción. Para calmar los ánimos era preciso levantar el edificio ideológico sobre el cual la república, la soberanía popular y los principios de igualdad, libertad y fraternidad vendrían a conciliar contradicciones inextirpables de manera superflua.

Para Tocqueville era evidente que desde la segunda mitad del siglo XVIII las jerarquías inveteradas del Antiguo Régimen habían iniciado un proceso de decadencia. Su diagnóstico lo llevó a formular el concepto de democracia, además de advertir los peligros del individualismo y del despotismo por ella suscitados. Lejos de ser este un acto de humanismo comprometido, era, desde el punto de enunciación de un aristócrata con necesidades económicas aburguesadas, una proclama en favor de su lugar al interior de las nuevas relaciones sociales de producción. Su denuncia contra el individualismo consistía en que éste no sólo provocaba el olvido de la solidaridad entre los miembros de un grupo (claro está, no de un grupo de campesinos o de artesanos), también promovía «una sociedad dominada por el egoísmo individual». Tal individualismo, favorable a una burguesía en ascenso, era el sustento del despotismo que Tocqueville advertía en acciones como liberar al poder de constricciones. En el fondo las avanzadas de la democracia liberal burguesa defendían el poder del individuo y no el de los hombres en general, a quienes se dejaba sin posibilidad de «participar de su propio gobierno y de la suerte de su patria».[10] Con lo anterior, Tocqueville parecía indicar «el contenido general de la moderna revolución: (…) la contradicción más peregrina con todo lo que por el momento podía ponerse en práctica directamente, con el material disponible, el grado de desarrollo alcanzado por la masa y las circunstancias y relaciones dadas».[11]

Si bien bajo la noción de democracia en que se levantaba la moderna república, los viejos y nuevos actores sociales (aristócratas y burgueses procedentes de distintos sectores productivos) se daban su fraternal abrazo de clase, en el edificio ideológico liberal y republicano había espacio también para que la clase excluida pugnara por la universalidad de la igualdad, la libertad y la fraternidad promulgados. El hecho de que los beneficios aristocráticos gozados por un pequeño número de familias que poseía la tierra y gobernaba a los habitantes a inicios del siglo XIX se vieran amenazados por la burguesía, no sólo hizo saltar a una aristocracia decadente en los hombros de la burguesía, sino que obligó a ambos a un ejercicio de equilibrismo inestable; un ejercicio al cual le bastaría sólo un pequeño puntapié del proletariado para desplomarse. La instauración de la democracia reseñada por Tocqueville en su libro La democracia en América fue el producto de una revolución previa en la que «el noble había descendido en la escala social por la cual había ascendido el plebeyo».[12] De aquí el riesgo de un «cruce de caminos», de «un roce» o de «un encuentro», de aquí las prevenciones ante aquella igualación que para Alexis de Tocqueville suponía el «peor de los riesgos provocados por la democracia».

«En todo proceso de ajuste de la sociedad, las diversas relaciones entre los hombres se hacen más enrevesadas y numerosas». Tal era la perspectiva de Tocqueville en un momento en el que se podía observar mejor la progresiva complejización de las relaciones sociales y capacidades productivas desarrolladas durante la Edad Media. El nacimiento del capitalismo en su fase comercial y el surgimiento de una nueva clase social como la burguesía explican el hecho de que las formas de gobierno modernas y la construcción de una normativa jurídica extensible a todos los individuos libres, y potencialmente propietarios «por naturaleza», fuese no sólo una ventaja sino también una amenaza para quienes veían la participación de actores históricos antes marginados como un problema. Ya decía Marx que la burguesía tenía conciencia exacta de que todas las armas forjadas por ella contra el feudalismo se volverían en su contra, de que todos los medios de cultura alumbrados por ella se rebelarían contra su propia civilización, de que todos los dioses que había creado pronto la abandonarían.[13] Los actores históricos marginados que suponían un potencial peligro contra los avances de la burguesía provenían de la pequeña industria en calidad de trabajadores privados, con dominio sobre sus propios medios de producción («el campesino dueño de la tierra que trabajaba, el artesano dueño del instrumento que manejaba como virtuoso»).[14] No obstante lo anterior, luego de ser despojados por distintos medios, pasaron a ser «propietarios» de su fuerza de trabajo e «iguales» ante el libre arbitrio de los verdaderos beneficiarios del modo de producción capitalista; igualmente, se convirtieron potenciales adversarios de los intereses burgueses y su conveniente defensa de un «concilio de clases».

El siglo XIX fue el receptáculo de una serie de procesos de transformación social, económica y política múltiples. Por ello fue también el escenario de una nueva relación con el conocimiento, asociada al primado de la racionalidad moderna, esa racionalidad anticipada ya con el Renacimiento, el Humanismo y con la aparición de revoluciones técnicas, como la tipográfica de mediados del siglo XV. Esta revolución, en particular, instaló el soporte para la reproducibilidad de los productos del pensamiento y, con ello, la base material de los desarrollos científicos y teóricos modernos a partir del siglo XVII.[15] Al dejar de depender de la transmisión personal por parte de un maestro, el conocimiento objetivo inició un proceso de formalización, perfeccionado tiempo después gracias a los avances de la Revolución Industrial. A la par, el uso de la razón pública que propugnaba la ilustración y que constituía la obligación del moderno ciudadano en la sociedad burguesa, se fue configurando a partir de unas condiciones técnicas con las que el «conocimiento objetivo» pasó a ser ya no del dominio de unos cuantos, sino de cualquier lector «competente y calificado».[16] La construcción ideológica de este ciudadano (con condiciones de existencia objetivas) fue fundamental para los pasos de gigante de la burguesía: la legitimidad de sus intereses requirió la articulación libre y “democrática” de los individuos (in abstracto) a la política y la opinión pública. Las revolucionarias libertad de expresión y de imprenta fueron unas de las muchas estrategias empleadas a su favor por la burguesía, pues bien es sabido que, desde que se inventó, «la “libertad de prensa” es la voluntad del dueño de la imprenta». Esta «libre» circulación de impresos, de conocimiento, de opinión pública, etc., propinó otro golpe más a los viejos privilegios de la nobleza y se sumó a las nuevas formas de adquisición y acumulación de riqueza (y de poder) durante la etapa de desarrollo del capitalismo moderno.

En un momento histórico de conmoción profunda como el analizado, el desarrollo de las fuerzas productivas y económicas de la sociedad capitalista se movía al ritmo de una burguesía que avanzaba «arrolladoramente, de éxito en éxito, trayendo efectos dramáticos, atropellados unos sobre otros, como si los hombres y las cosas estuviesen iluminados por fuegos artificiales, y como si el éxtasis fuese el espíritu de cada día».[17] Pero en vista de que ninguna revolución aparece como «un rayo en el cielo sereno de la historia», los respectivos instrumentos que catapultaron la avanzada revolucionaria de la burguesía ya estaban lo suficientemente preparados en una parte tan vasta de Europa como para revolucionar al resto.[18] Antes de la llegada triunfal de la burguesía, muchas piezas tuvieron que caer del tablero de ajedrez para que las viejas formas de la sociedad premoderna recibieran su golpe de gracia. Los nuevos caminos de acceso al poder terminaron por destruir las anticuadas tácticas aristocráticas.

Con todo lo anterior, no se puede perder de vista que las grandes hazañas de la burguesía produjeron «revoluciones de corta vida, las cuales llegaron a su apogeo para producir, enseguida, una larga depresión en la sociedad, antes de haber aprendido a asimilarse serenamente los resultados de su período impetuoso y agresivo».[19] Así, la historia deja en la estacada las consecuencias sufridas por hombres y mujeres desposeídos y abandonados a una suerte mísera, mortal e inhumana: una suerte favorable a la acumulación y valorización del capital. Si Tocqueville se preocupó por el avance de las revoluciones burguesas, fue porque nunca observó que el fetichismo de la democracia liberal y la asunción de la condición de sujetos iguales, libres y privados, no era más que el producto de la sujeción (incesantemente obstaculizada) de ese otro nuevo actor histórico que su obra no consideraba: el proletariado. La fase «democrática» de las revoluciones burguesas demuestra que las transformaciones en favor de un tipo de sociedad como la capitalista se realizaron con las lógicas de los poderes sempiternos, y a pesar de ellos. El único enemigo (aún conservado) era aquél que se atrevía a radicalizar el factor universal, igualitario y social de los desarrollos humanos, que insistentemente se había instrumentalizado por pocos, y que aún se sigue restringiendo a tantos.

NOTAS

[1] Eric J. Hobsbawm, En torno a los orígenes de la Revolución Industrial (México: Siglo Veintiuno Editores, S.A., 1971), 71-89. Y Eric R. Wolf, Europa y la gente sin historia (México: Fondo de la Cultura Económica, 2016), 131-135, 323-351.

[2] Evgeni B. Pašukanis, Teoría general del Derecho y Marxismo (España: Editorial Labor S.A. 1976), 67.

[3] Donald M. Lowe, Historia de la percepción burguesa (México: Fondo de la Cultura Económica, 1986), 39.

[4] Eric J. Hobsbawm, Las revoluciones burguesas (Barcelona: Romanyà / Valls, 1892), 15-145.

[5] Ibíd., 57-145

[6] Karl Marx y Friedrich Engels, La ideología alemana, (Barcelona: Ediciones Grijalbo y Ediciones Pueblos Unidos, 1970), 26.

[7] Ibíd., 20.

[8] Karl Marx, «Tendencia histórica de la acumulación capitalista», en Obras Escogidas, Vol. 1, de Karl Marx y Friedrich Engels (Madrid: Ediciones Akal S.A., 2016): 476.

[9] Alexis de Tocqueville fue un precursor de la sociología clásica y uno de los más importantes ideólogos del liberalismo moderno. Nació en 1805 y fue miembro de «una añosa familia de la aristocracia, una de las más ligadas a la monarquía y al Antiguo Régimen». Tocqueville asume el cargo de juez auditor en el Versalles de Carlos X y, luego, cuando Luis Felipe I, «El rey burgués», llega al trono, «Tocqueville presta a disgusto juramento de fidelidad, partiendo a los pocos meses hacia Estados Unidos». En este viaje comienza a escribir  una de sus obras más relevantes: La democracia en América; obra  en la que consigna sus desarrollos teóricos acerca de la democracia liberal. Tomado de: Alexis de Tocqueville, La democracia en América, 2 vol (España: Altamira, S.A., 1984), 18-20.

[10] Alexis de Tocqueville, La democracia en América, 198.

[11] Karl Marx, «El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte», en Obras Escogidas, Vol. 1, de Karl Marx y Friedrich Engels (Madrid: Ediciones Akal S.A., 2016): 256.

[12] Ibíd., 25-39.

[13] Karl Marx, «El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte», 291.

[14] Karl Marx, «Tendencia histórica de la acumulación capitalista», 477.

[15] Donald M. Lowe, Historia de la percepción burguesa, 9-31.

[16] Ibíd., 21-25.

[17] Karl Marx, «El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte», 250.

[18] Donald M. Lowe, Historia de la percepción burguesa, 38,-71. Y Eric J. Hobsbawm, Las revoluciones burguesas, 21-239.

[19] Karl Marx, «El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte», 250.

REFERENCIAS

De Tocqueville, Alexis. La democracia en América, 2 vol. España: Altamira, S.A., 1984.

Hobsbawm, Eric J. En torno a los orígenes de la Revolución Industrial. México: Siglo Veintiuno Editores, S.A., 197.

Hobsbawm, Eric J. Las revoluciones burguesas. Barcelona: Romanyà /Valls, 1892.

Marx, Karl. «El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte». En Obras Escogidas, Vol. 1, de Karl Marx y Friedrich Engels. Madrid: Ediciones Akal S.A., 2016.

Marx, Karl. «Tendencia histórica de la acumulación capitalista». En Obras Escogidas, Vol. 1, de Karl Marx y Friedrich Engels. Madrid: Ediciones Akal S.A., 2016.

Marx, Karl y Friedrich Engels. La ideología alemana. Barcelona: Ediciones Grijalbo y Ediciones Pueblos Unidos, 1970.

Lowe, Donald M. Historia de la percepción burguesa. México: Fondo de la Cultura Económica, 1986.

Pašukanis, Evgeni B. Teoría general del Derecho y Marxismo. España: Editorial Labor S.A. 1976.

Wolf, Eric R. Europa y la gente sin historia. México: Fondo de la Cultura Económica, 2016.

AUTORA

Sarah Quintero Ruiz

Miembro del Centro de Estudios Estanislao Zuleta.

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Sarah Quintero Ruiz

Miembro del Centro de Estudios Estanislao Zuleta.

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