El siglo XX, entre dos formas de hacer fracasar la libertad:
el individualismo feroz y el colectivismo obligatorio
CICLO 2018
El siglo XX, entre dos formas de hacer fracasar la libertad:
el individualismo feroz y el colectivismo obligatorio
En 1917 la historia dio un paso de grandes magnitudes. En febrero de ese año la dinastía de los Romanov y con ella la administración zarista de Rusia llegó a su fin; Rusia parecía salir de su atraso feudal y alcanzar por fin una política liberal. Con el ascenso al poder de Alexander Kerensky en junio el tránsito a la nueva sociedad parecía por fin alcanzado. Pero no fue sino hasta octubre con el derrocamiento del mismo Kerensky que la gesta política estuvo completa. En 1917 el país más grande del mundo pasó del feudalismo al socialismo.
Quien reconoce la descomunal empresa llevada a cabo por los bolcheviques es visto hoy con sospecha. A la Revolución Bolchevique la suelen presentar como una hazaña sanguinaria y como un episodio de terror en la historia de la humanidad precisamente aquellos que se llenan de nostalgia con el recuerdo de la Revolución Francesa. Que reconozcamos en la Revolución Francesa, con todo y sus abusos, un avance de la libertad, pero dudamos en hacer el mismo juicio para la Revolución Bolchevique, quizá se deba a la idea consensuada de que las conquistas de la primera gozan de toda actualidad, mientras que las de la segunda han caído en una paulatina opacidad.
Pero, si bien es cierto que el desenlace de la Revolución Bolchevique en lugar de entregar mayor libertad a la humanidad la sumió en un craso colectivismo, no es menos cierto que las ideas de libertad, fraternidad e igualdad de la Revolución Francesa siguen siendo asignatura pendiente mientras el sistema que las profese exija al mismo tiempo la competencia desbocada. Ante tal situación vale la pena preguntarnos si estamos condenados históricamente al individualismo feroz y al colectivismo obligatorio.
Juan David Gómez Osorio
Profesor de la Universidad de Antioquia y miembro del CEEZ hasta el año 2018
En 1917 la historia dio un paso de grandes magnitudes. En febrero de ese año la dinastía de los Romanov y con ella la administración zarista de Rusia llegó a su fin; Rusia parecía salir de su atraso feudal y alcanzar por fin una política liberal. Con el ascenso al poder de Alexander Kerensky en junio el tránsito a la nueva sociedad parecía por fin alcanzado. Pero no fue sino hasta octubre con el derrocamiento del mismo Kerensky que la gesta política estuvo completa. En 1917 el país más grande del mundo pasó del feudalismo al socialismo.
Quien reconoce la descomunal empresa llevada a cabo por los bolcheviques es visto hoy con sospecha. A la Revolución Bolchevique la suelen presentar como una hazaña sanguinaria y como un episodio de terror en la historia de la humanidad precisamente aquellos que se llenan de nostalgia con el recuerdo de la Revolución Francesa. Que reconozcamos en la Revolución Francesa, con todo y sus abusos, un avance de la libertad, pero dudamos en hacer el mismo juicio para la Revolución Bolchevique, quizá se deba a la idea consensuada de que las conquistas de la primera gozan de toda actualidad, mientras que las de la segunda han caído en una paulatina opacidad.
Pero, si bien es cierto que el desenlace de la Revolución Bolchevique en lugar de entregar mayor libertad a la humanidad la sumió en un craso colectivismo, no es menos cierto que las ideas de libertad, fraternidad e igualdad de la Revolución Francesa siguen siendo asignatura pendiente mientras el sistema que las profese exija al mismo tiempo la competencia desbocada. Ante tal situación vale la pena preguntarnos si estamos condenados históricamente al individualismo feroz y al colectivismo obligatorio.