De una sociedad que juzga y culpa la diferencia, una lectura a «La metamorfosis» de Kafka
CICLO 2021
De una sociedad que juzga y culpa la diferencia, una lectura a «La metamorfosis» de Kafka
A veces la complejidad que alberga lo que nos rodea suele suprimirse cuando, al coincidir con los demás, lo convertimos en algo corriente y sabido; por ejemplo, bajo el entendido de que somos diferentes, se dice «respetar la diferencia» sin advertir la evasión que se hace, al mismo tiempo, de toda pregunta sobre el sentido de las dos palabras recogidas en esta sentencia. ¿Sabemos en realidad qué es la diferencia y cuáles son sus consecuencias en nuestra propia vida y en los vínculos que establecemos con los otros? «La metamorfosis» de Franz Kafka nos advierte, precisamente, la necesidad de dudar respecto a lo que sabemos sobre la «diferencia»; en ella, un hombre que se ha convertido en un horrible insecto (Gregorio Samsa) se convierte a su vez en un extranjero del mundo que le había sido cercano hasta entonces y que le había asignado un determinado lugar; en ella, Kafka nos acerca hasta la especial frontera que se establece con el «otro» cuando se lo asume como tal. El mundo de Gregorio, conformado por relaciones familiares y de trabajo que le sitúan como hijo y trabajador asalariado, será el mundo que se valdrá de la culpabilización y el juzgamiento para negar la incapacidad de enfrentarse a la dificultad de lo extraño e inasimilable, de aquello que desacomoda lo que nos es cotidiano y familiar.
Con este hombre y la tragedia que le significa su nueva condición de extranjería queremos pensar la condiciones y las posibilidades del encuentro con el otro cuando se lo asume como radicalmente singular; en especial, las condiciones que ofrece el tipo de relaciones que establecemos en nuestra sociedad
Sarah Daniela Quintero (Miembro del CEEZ)
A veces la complejidad que alberga lo que nos rodea suele suprimirse cuando, al coincidir con los demás, lo convertimos en algo corriente y sabido; por ejemplo, bajo el entendido de que somos diferentes, se dice «respetar la diferencia» sin advertir la evasión que se hace, al mismo tiempo, de toda pregunta sobre el sentido de las dos palabras recogidas en esta sentencia. ¿Sabemos en realidad qué es la diferencia y cuáles son sus consecuencias en nuestra propia vida y en los vínculos que establecemos con los otros? «La metamorfosis» de Franz Kafka nos advierte, precisamente, la necesidad de dudar respecto a lo que sabemos sobre la «diferencia»; en ella, un hombre que se ha convertido en un horrible insecto (Gregorio Samsa) se convierte a su vez en un extranjero del mundo que le había sido cercano hasta entonces y que le había asignado un determinado lugar; en ella, Kafka nos acerca hasta la especial frontera que se establece con el «otro» cuando se lo asume como tal. El mundo de Gregorio, conformado por relaciones familiares y de trabajo que le sitúan como hijo y trabajador asalariado, será el mundo que se valdrá de la culpabilización y el juzgamiento para negar la incapacidad de enfrentarse a la dificultad de lo extraño e inasimilable, de aquello que desacomoda lo que nos es cotidiano y familiar.
Con este hombre y la tragedia que le significa su nueva condición de extranjería queremos pensar la condiciones y las posibilidades del encuentro con el otro cuando se lo asume como radicalmente singular; en especial, las condiciones que ofrece el tipo de relaciones que establecemos en nuestra sociedad
Sarah Daniela Quintero (Miembro del CEEZ)
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Laboratorio de creación
Vea el vídeo de la exposición oral hecha por un0 de las participantes del laboratorio haciendo clic aquí:
Lea el texto escrito por uno de las participantes del laboratorio de creación:
Sobre la correspondencia entre el cuerpo y la habitación de Gregor Samsa en La transformación[1] de Franz Kafka
cuando dos huecos se encuentran
no son huecos: es transparencia [2]—Hugo Mujica
Si algo vale la pena repetir cada que se piensa la obra de Kafka, es el lugar que ocupa lo sobrenatural y lo inverosímil en su literatura. En el caso de La transformación, el texto que nos concierne en esta ocasión, el cambio fisiológico que sufre Gregor luego de despertar no se debe comparar con una fabulación o con una expresión fantástica. En estos géneros rápidamente se prescinde de la anormalidad que puede implicar que un animal hable o que un ser humano se convierta en un bicho; en estas obras la mirada simplemente se dirige hacia otro lugar. En Kafka mejor es fijarse en lo profundamente metafórico que es la transformación de Gregor. No está de más recordar que, para Theodor Adorno, en la literatura de Kafka cada frase dice: interprétame[3].
La sorpresa y el asco que siente la familia al ver a Gregor parece responder más a la idea de «bicho», de «ser repugnante y extraño», que al descubrimiento de que un ser humano de repente se ha convertido en un insecto gigante. El mismo Gregor se lo toma con bastante calma: «“¿Qué me ha ocurrido?”, pensó. No era un sueño»[4]; es decir que su transformación es sólo exterior, pues interiormente seguía siendo la misma persona. Y a lo largo del texto veríamos cómo interiormente Gregor se va pareciendo más a la expresión de su cambio corporal. Es esta transformación interior uno de los puntos más importantes de la obra, quizá la verdadera transformación.
Esta oscilación entre lo posible e imposible produce una extrañeza que invita constantemente a interpretar qué sentido tiene esa nueva condición trágica en Gregor, que logró romper sus vínculos laborales y familiares, lo privó de la comunicación y lo llevó a la muerte. Esta extrañeza se percibe como tal gracias al contraste que se genera con la cotidianidad y naturalidad en la que se enfrascan todos los acontecimientos. Por ejemplo, no sólo es que Gregor no pare de pensar en su trabajo, sino que guarda junto con su familia la esperanza de volver a la normalidad. Esta debería ser la gran prueba que baste para leer la transformación de Gregor como una herramienta literaria y expresiva sin par.
De La transformación se puede decir que es un retrato de un sujeto tan singular que no logra desplegar sus maneras de ser en relación con la satisfacción de su deseo, o más bien, que no sabe cómo hacerlo. También es un retrato de su familia, la institución que, por no estar construida para recibir la diferencia, lleva a la muerte a Gregor Samsa. La familia es el espejo donde Gregor intenta reconocer su nuevo ser; los mira, y lo que esta mirada le devuelva es lo que Gregor va a considerar sobre sí: «Su convicción de que debía desaparecer era, si cabe, más firme aún que la de su hermana»[5]. Es por esto que entre más insostenible se haga la presencia de Gregor en su casa, más se irá apagando y reduciendo, hasta desvanecerse por completo.
Existe, para los lectores, un mediador entre la relación de Gregor con su familia, un lugar en el que podemos fijarnos para entender qué compone y cómo se ha transformado este vínculo. Si es en la familia donde Gregor se mira para saber sobre sí, los lectores podemos mirar la habitación para saber lo que el narrador no nos ha contado.
De la habitación de Gregor tenemos información durante todo el relato. Tiene más puertas que ventanas, y ellas conectan distintitas habitaciones de la casa y el comedor. Da la sensación de ser un lugar de paso, una zona sin autonomía que es transitable y vigilada por los demás miembros de la familia. Es factible pensar que se puede pasar por esta habitación sin querer permanecer en ella, ni siquiera mirarla, siendo un medio y no un fin en sí mismo. Y es que la existencia de Gregor podría leerse de esta manera; Gregor fue un medio para que su familia solucionara problemas, pues este se había convertido en su sostén y quien, a través de su trabajo, se había hecho cargo de las deudas y de mantener un nivel económico determinado. Cuando esta función de Gregor terminó, no encontró lugar al cual pertenecer, ni quien lo reconociera.
Nos podemos percatar de que quienes rodean a Gregor se sienten autorizados a invadir su espacio, a hacerle reclamos y exigencias sin tregua. Llantos, súplicas, amenazas, forcejeos, gritos, golpes; todos estos gestos se dirigen a un único fin: conseguir de Gregor lo que creen que les pertenece. Al inicio del relato, al no ir a trabajar (la primera anormalidad inadmisible para Gregor), la habitación de Samsa se ve irrumpida por preguntas, quejas, órdenes. Pero «Gregor no tenía la menor intención de abrir, y más bien se felicitó por su precaución —adoptada a raíz de los viajes— de cerrar todas las puertas con llave por la noche, incluso en su propia casa»[6]. Esta «precaución» que Gregor debe tener con lo que le es propio comienza a revelar el tipo de vínculo que tiene con su familia, al igual que el tipo de lugar que ocupa su habitación en la casa. ¿Qué se puede interpretar de una habitación con muchas puertas, cerradas con llave desde adentro, y que desde fuera no paran de intentar, con diversos medios, abrirlas? Más adelante, el narrador nos dice: «Esa misma mañana, cuando las puertas estaban cerradas con llave, todos habían querido entrar en su habitación, y ahora que él había abierto una de las puertas y las otras habían sido abiertas sin duda a lo largo del día, no venía nadie; y eso que las llaves también estaban puestas por fuera»[7]. Inmediatamente se reconoce que Gregor no podrá atender a las exigencias que le hacen, que no podrá continuar cumpliendo la función que ejercía desde hace años, la familia deja buscarlo, de llamar a su habitación. Y Gregor se sentía tan identificado en este lugar que ocupaba que sólo alcanza a sentir culpa por haberlo abandonado: «Cuando la conversación recalaba en la necesidad de ganar dinero, Gregor abandonaba la puerta y se lanzaba sobre la fría butaca de cuero que había junto a ella, pues se sentía arder de vergüenza y de tristeza»[8].
Durante el segundo capítulo, la habitación de Gregor va a exacerbar su función de mediación, pues como se da por hecho que el contacto directo entre Gregor y la familia no es posible, en este espacio se va a ejercer el intento de una comunicación y una convivencia. Gregor se va a proponer convertir cualquier mirada que le dirijan en una posibilidad de encuentro. Así, cuando la hermana le ofrece una amplia variedad de posibles alimentos, Gregor se alegra, pues encuentra en este gesto la posibilidad de una comunicación que pueda prescindir de las palabras, las cuales ha perdido. Pero la hermana «totalmente ajena a lo que le estaba ocurriendo, se puso a barrer con una escoba no solo los restos, sino incluso los alimentos que Gregor no había tocado, como si estos tampoco pudieran ya utilizarse, tiró todo precipitadamente en un cubo, lo cubrió con una tapa de madera y se lo llevó»[9]. Cada que entra a la habitación, Greta lo hace con cierta asepsia; actúa ágilmente, no se detiene a buscar a Gregor ni mirar su alrededor, usa herramientas como paños o escobas para recoger todo lo que su hermano tocó; este comportamiento es totalmente opuesto a la actitud de Gregor, quien espera que su hermana lea los gestos que con esfuerzo deja en la habitación: no mostrarse cada que ella entra, limpiarse el polvo que reposa sobre su cuerpo, dejar intactos los alimentos que no consume, hacer desorden como signo de un reclamo; nada es interpretado por su hermana, pues ella no tiene interés en buscar una comunicación con Gregor. Es la habitación la que nos revela que Gregor no tiene esperanza de ser escuchado.
Durante este capítulo Gregor mantiene relación con todo el espacio de la habitación: se dirige constantemente a mirar a través de la ventana, se posa en las paredes y puertas para escuchar la mínima insinuación que haga su familia sobre él, reconoce nuevas habilidades y formas de movilizarse y advierte cómo se van haciendo cada vez más estorbosos e incómodos los muebles de la habitación. Gregor sabe que en los objetos que lo rodean se encuentra parte de lo que él era antes de su transformación, pero para el nuevo ser que es, estos también representan molestias. Sin embargo, asumir esto implica reconocer y entenderse en su singularidad, despedir al anterior Gregor al que aún tiene esperanza de recuperar. Por esto se angustia cuando comienzan a vaciar su habitación; la madre, con razón, expresa lo mismo: «¿no parecerá que al sacar los muebles le estamos demostrando que hemos perdido toda esperanza de que mejore y lo abandonamos a su suerte sin ninguna consideración?»[10]. Vaciar la habitación, en nombre de la comodidad de Gregor, también implica despedir cualquier mínima posibilidad de encuentro, pues esta sólo se sostenía con la esperanza de que «todo volviera a la normalidad»; y la normalidad, al menos esa que buscan recuperar, no volvería si perdían toda referencia de lo que fue Gregor.
Recordemos ahora el comienzo del texto: «Cuando, una mañana, Gregor Samsa se despertó de unos sueños agitados, se encontró en su cama transformado en un bicho monstruoso»[11]. A pesar de que desde el puro inicio de este relato Kafka nos narra la transformación de Gregor, no es sino hasta el capítulo final que él mismo, en sus palabras, habla de sí como un animal. Y es que a partir del vaciamiento de la habitación Gregor cambia la percepción sobre sí mismo. Sin referencias a lo que fue antes, ni promesas sobre lo que puede llegar a ser, Gregor queda suspendido en un letargo en el que lo único que pasa es el tiempo; y el mejor reflejo de esto es su habitación.
El vaciamiento de la habitación, espacio abierto para ser resignificado, implicó sacrificar lo que en algún momento representaba a Gregor por otros objetos que ya nada tenían que ver con él. «Se habían acostumbrado a meter en ella [la habitación] las cosas que no podían colocar en otro sitio, y ahora había muchas de esas cosas porque habrían alquilado una de las habitaciones del piso a tres huéspedes»[12]. Olvidando la comodidad de Gregor, sus nuevas necesidades para transportarse y habitar su propio espacio, la habitación fue inundada de objetos que ahora no ocupaban ninguna función en la casa, que no tenían lugar, pero que tampoco se podían desechar; estos objetos adquirieron la misma naturaleza de Gregor. «Gregor seguía siendo un miembro de la familia, al que no se podía tratar como a un enemigo, sino ante el cual era un deber familiar tragarse la repugnancia y ser tolerante, nada más que tolerante»[13]. Gregor acumulaba polvo como cualquier mueble olvidado; se instalaba en el lugar más oscuro del cuarto, cual silla que, con tal de ocupar menos espacio, se le niega la utilidad guardándola en posiciones para las que no está hecha.
Después de la muerte de Gregor, muerte en la que la familia no tuvo que hacerse cargo del cuerpo, ven un horizonte esperanzador. Las angustias que tuvieron al inicio, como el pago de la deuda, la necesidad de trabajar, la resistencia a trasladarse de vivienda, todas ellas dejaron de ser obstáculos y se convirtieron en motivaciones para continuar sus vidas. En un inicio, a Gregor no lo querían ver; luego se negaron a escucharlo; después exigieron que no se manifestara signo alguno de su existencia; hasta llegar a considerar no llamarlo por su nombre. El fin de este proceso buscaba eliminar todo rastro de lo que fue Gregor y lo que pasó con él. Pero su muerte no era suficiente para cumplir este cometido: «De momento, la principal mejoría de su situación debería producirse, claro está, cambiando de vivienda; querían alquilar un piso más pequeño y barato, pero mejor situado y, ante todo, más práctico que el actual, que todavía había escogido Gregor»[14]. El último rastro que quedaba de Gregor era su hogar, la vivienda que él mismo eligió y en la que lo arrinconaron hacia la muerte.
De los muebles olvidados de su habitación no sabemos nada, tampoco han de haberse hecho cargo de ellos; con las nuevas decisiones que estaba tomando la familia, estos deberían ser tan prescindibles como el mismo Gregor. Lo cierto es que dicha habitación estuvo reflejando, durante todo el relato, lo que era Gregor para sí mismo y para su familia. Es inherente que hayan terminado desapareciendo al mismo tiempo.
[1] El título que tradicionalmente ha llevado este relato en su traducción al español es La metamorfosis. Sin embargo, para escribir este texto he usado la edición de Obras Completas de Kafka bajo la dirección de Jordi Llovet, quien ha preferido traducirlo como La transformación, por tener mayor coherencia no sólo con la palabra usada originalmente, sino con el temperamento del relato. Para más información se puede consultar: https://elpais.com/cultura/2015/04/22/babelia/1429701387_466414.html
[2] Hugo Mujica, A estas horas de la vida (Medellín: Sílaba Editores, 2017), 41.
[3] Theodor Adorno, Prismas (Barcelona: Ediciones Ariel, 1962), 262.
[4] Franz Kafka, La transformación: (La metamorfosis) (Barcelona: Penguin Random House, 2012), 19
[5] Franz Kafka, La transformación: (La metamorfosis) (Barcelona: Penguin Random House, 2012), 93.
[6] Ibid., 24.
[7] Ibid., 47.
[8] Ibid., 57
[9] Ibid., 51
[10] Ibid., 63
[11] Ibid., 19.
[12] Ibid., 81.
[13] Ibid., 73.
[14] Ibid., 99. Las cursivas son mías.
Jhonatan Arenas
Participante del proyecto «Pensar lo humano: Estanislao Zuleta o el saber para la vida», en su laboratorio de creación cuatro: «De una sociedad que juzga y culpa la diferencia: una lectura de “La metamorfosis”»
Estudiante de Artes Plásticas de la Universidad de Antioquia