¿Es posible educar sin deseo?
CICLO 2021
¿Es posible educar sin deseo?
Hablar de educación significa hablar de una relación o relaciones, incluso aunque éstas sean fallidas o negadas por las maneras en que se la tramita. Hablar de relación educativa es hablar de un encuentro —no objetivable ni controlable por más que se instauren todo tipo de procedimientos, currículos y objetivos—, en el que participa un enseñante y un aprendiz, y en el que se busca por parte del primero, si está de cara a su oficio, hacer disponible para el segundo un saber, una tradición, un mundo. Es en esta relación que queremos pensar el problema del deseo y lo haremos a la luz de la siguiente pregunta: «¿Es posible educar sin deseo?»; una inquietud que nos exige explorar otras: ¿qué entender por deseo y cuál es su especificidad en el vínculo pedagógico? ¿Cómo se reconoce, se hace audible, el deseo en esta relación? ¿El deseo del enseñante es deseo de qué? ¿Qué lugar tiene el deseo en el proceso formativo del aprendiz, en su búsqueda de hacer propio lo que se le ha ofertado? ¿Hay tipos de educación que obturan o posibilitan esa forma del deseo que es el deseo de saber?
Los y las invitamos a que nos acompañen en la exploración de ese enigma que es el deseo en el vínculo pedagógico, que cuando lo reconocemos nos conmueve profundamente…
Daniela Cardona
Directora del CEEZ
Hablar de educación significa hablar de una relación o relaciones, incluso aunque éstas sean fallidas o negadas por las maneras en que se la tramita. Hablar de relación educativa es hablar de un encuentro —no objetivable ni controlable por más que se instauren todo tipo de procedimientos, currículos y objetivos—, en el que participa un enseñante y un aprendiz, y en el que se busca por parte del primero, si está de cara a su oficio, hacer disponible para el segundo un saber, una tradición, un mundo. Es en esta relación que queremos pensar el problema del deseo y lo haremos a la luz de la siguiente pregunta: «¿Es posible educar sin deseo?»; una inquietud que nos exige explorar otras: ¿qué entender por deseo y cuál es su especificidad en el vínculo pedagógico? ¿Cómo se reconoce, se hace audible, el deseo en esta relación? ¿El deseo del enseñante es deseo de qué? ¿Qué lugar tiene el deseo en el proceso formativo del aprendiz, en su búsqueda de hacer propio lo que se le ha ofertado? ¿Hay tipos de educación que obturan o posibilitan esa forma del deseo que es el deseo de saber?
Los y las invitamos a que nos acompañen en la exploración de ese enigma que es el deseo en el vínculo pedagógico, que cuando lo reconocemos nos conmueve profundamente…
Daniela Cardona (Directora del CEEZ)
Vea el vídeo de la conversación pública haciendo clic aquí:
Laboratorio de creación
Vea el vídeo de la exposición oral hecha por una de las participantes de los laboratorio haciendo clic aquí:
Lea el texto escrito por uno de las participantes del laboratorio de creación:
Es posible situarse desde una perspectiva de la educación según la cual un «recipiente lleno» (profesor) tiene la tarea de cargar de contenido a una serie de «recipientes vacíos» (estudiantes). Sin embargo, quien se sitúa desde la perspectiva de una educación basada en el deseo, reposa su mirada en otro camino. Sócrates, en El banquete de Platón, argumenta en contra de la primera postura cuando le controvierte a Agatón; éste había tomado una postura similar a aquella que entiende la educación como vaciar contenidos en los otros: le solicitó a Sócrates que se situara a su lado para llenarse de las reflexiones a las que el filósofo griego había llegado antes de entrar al banquete[1]. Pero, ¿qué le dijo Sócrates a Agatón?:
Bueno sería, Agatón, que el saber fuera de tal índole que, sólo con ponernos mutuamente en contacto, se derramara de lo más lleno a lo más vacío de nosotros, de la misma manera que el agua de las copas pasa, a través de un hilo de lana, de la más llena a la más vacía. Si así también ocurre con la sabiduría, estimo en mucho el estar reclinado a tu lado, pues creo yo que tú derramarías sobre mí un amplio y bello saber hasta colmarme.[2]
Si no se trata de llenar al otro, ¿entonces de qué se trata? Desde la perspectiva que tiene en cuenta al deseo en la práctica educativa, sería todo lo contrario: ayudar al otro a vaciar su estado de llenura. A partir de la crítica de la opinión se generan ciertas condiciones para que el otro, si toma el riesgo, salga de su ignorancia, entendiendo ésta como una situación de llenura en la cual se siente completo, y por la cual no inicia una búsqueda. Zuleta[3] dice, haciendo referencia a Platón en su diálogo El sofista, que el problema que se presenta en la educación no es el de educandos vacíos que deben ser llenados, a quienes hay que darles de comer porque están hambrientos, puesto que esto sería sumamente sencillo de solucionar: bastaría con darles lo que no poseen, y de esta manera el problema de la educación estaría resuelto; sino que el verdadero problema radica en que en el vínculo educador-educando se posibilite el vaciamiento de las opiniones en este último, una indigestión para que pueda sacar esas opiniones que no le permiten hacerse a algo nuevo; es su llenura lo que le impide emprender una búsqueda de lo que le es propio y de lo que carece. La crítica de la opinión, por lo tanto, indispone al otro, lo vacía, le hace reconocer su propia carencia, lo cual es condición sine qua non para que el deseo se presente. Ahora bien, la crítica de la opinión ejercida por el educador y el reconocimiento de la carencia por parte del educando han de darse en el marco de una relación afectiva, en la cual el reconocimiento y la admiración tengan presencia: escuchar la propia falta se torna más posible si hay una valoración hacia el educador y si el educando, a su vez, se siente valorado; aunque, cabe advertir, ni la crítica a la opinión ni la afectividad presente en el vínculo pedagógico aseguran necesariamente el movimiento del deseo hacia algo propio. Como dice Zuleta « (…) la educación efectiva tiene que comenzar por crear una necesidad de saber, por medio de la crítica de la opinión»[4]. No se trata de una necesidad de información, sino de algo que va más allá de esto, se trata del reconocimiento de un deseo.
Ahora bien, ¿qué se entiende por deseo? ¿Hacia qué o quién se dirige el deseo? ¿Cómo surge el deseo y qué tiene que ver con la educación? Para responder estas preguntas es menester adentrarse en el discurso que Sócrates presenta en El banquete. En su discurso, el filósofo griego retoma las palabras de su maestra, Diotima, para indicar cómo surge Eros y cuáles son sus características. Lacan, en su interpretación del texto, lo resume así:
En el mito, la Aporía, la pobreza absoluta, permanece a las puertas del banquete de los dioses celebrando el día del nacimiento de Afrodita, no es reconocida en absoluto, no tiene en sí misma ninguno de los bienes que le darían derecho a la mesa de los que están.[5]
Penía espera a que uno de los invitados, Poros, salga, para así sostener relaciones con éste mientras se encuentra dormido y en estado de embriaguez, con el objeto de engendrar un hijo.[6]
Aquí adquiere sentido el mito del nacimiento del Amor que ha introducido Diotima. El Amor es concebido durante el sueño de Poros, el hijo de Mesis, la Invención, el que todo lo sabe y todo lo puede, el recurso por excelencia. Es mientras duerme —en el momento en que ya no sabe nada— cuando se produce el encuentro en el que el Amor es engendrado.[7]
De esta manera surge Eros, como lo enuncia Platón, con las cualidades de su padre y de su madre: es valeroso, inteligente, apasionado por la sabiduría, fértil en recursos, bueno con la palabra; se encuentra entre lo mortal y lo inmortal naciendo en todo momento. Además, es siempre pobre, carece de belleza y delicadeza y está falto de recursos. Es por ello que Eros posee ciertas disposiciones, pero se sitúa, al tiempo, en falta, aunque se encamine en búsqueda de aquello que no posee. La clave del deseo es, pues, la carencia; es necesario que se instaure una falta, un vacío, para que el deseo aparezca, puesto que no puede haber deseo en un estado de completitud, no se puede desear aquello que se posee o aquello que se es. Vayamos a un ejemplo (cabe advertir que éste puede distorsionar un poco el concepto de deseo, pues aquello hacia lo que apunta el deseo no es tan precisable): si se desea salud es porque se está enfermo, incluso aunque se la tenga se la puede desear para el futuro porque en el futuro puede presentarse una carencia de salud. En este punto entra en juego la filosofía, que se encuentra en medio de la sabiduría y la ignorancia. La filosofía es un deseo de saber, un deseo que aparece en la medida en que se ha reconocido que no se sabe; todo el deseo de saber presente en la filosofía, y que se expresa en sus grandes conquistas reflexivas, tiene como fuerza motora el reconocimiento de un no saber que lleva a la búsqueda.
Dado que Eros se encuentra entre la carencia y la búsqueda, Eros puede vincularse con la labor educativa en la medida en que el docente puede posibilitar la aparición de ese hijo fruto de Penía y Poros. El educador en el reconocimiento que hace del otro mediante la crítica de su opinión (al educador le importa lo que el otro piensa porque valora a ese otro, a la vida que hace desde lo que piensa), abre el camino para que el deseo pueda aparecer como intermediario entre la ignorancia y la sabiduría, entre el no saber y la búsqueda. El papel del profesor resulta ser similar al de un amante iniciador. El profesor —como el amante— tiene la capacidad de provocar (en caso de que haya una identificación, un afecto, una especie de enamoramiento o un reconocimiento por parte del estudiante hacia él) la producción de pensamientos en un otro a quien reconoce y valora, el estudiante —amado—. ¿Cómo es posible la iniciación? ¿Qué repercusiones posibles, positivas o negativas, puede tener? La crítica de la opinión es necesaria para producir el vaciamiento que dará lugar al deseo, sin embargo, existen otros elementos que pueden facilitar la aparición de la carencia:
No habrá transmisión posible que el profesor pueda hacer de una pasión que él no tenga por un tema. La educación recurre entonces al mecanismo de la nota, al de la competencia o al de la promoción. (…) El aprendizaje no está motivado por el deseo de saber algo que se nos ha hecho necesario, inquietante, interesante, o por la solución de una incógnita que nos conmueve, sino por la nota, la promoción, la competencia, el miedo a perder el año y ser regañado o penado.[8]
La cita de Estanislao no presenta un método que asegure la aparición del deseo, pero sí permite encontrar algunos elementos que resultan interesantes para pensar la emergencia de aquél. Primero, permite pensar cómo la transferencia[9] puede acaecer si el maestro mismo es un deseante, si es alguien que reconoce su propia falta, una posición con la cual el estudiante se puede identificar para reconocer la suya propia —que no será la misma que se encuentra en su maestro—. Segundo, que el educando puede asumir su desamparo en el mundo, su posición como ser en falta, lo cual lo puede empujar a buscar aquello que le interesa, a resolver las incógnitas que lo atraviesan, a estar en constante devenir gracias a la angustia y la falta que subyace en la relación con su maestro; una falta en ser que se reconoce porque hay afecto por aquel (el maestro) que señala en uno la posibilidad de un más allá de lo que ya se es.
En el enamoramiento la persona se encuentra en un estado de alteración constante, comienza a ver en su objeto de amor atributos que, posiblemente, no posee y que otros no ven. Cuando un enamorado realiza a un amigo una descripción de la persona que le arrebata la mirada, puede enunciar una serie de rasgos que su amigo no podrá encontrar o percibirá de otra manera. Mientras el enamorado ve en quien lo detiene a una persona inteligente, graciosa y extrovertida, su amigo podrá encontrarse, por el contrario, con una persona torpe, aburrida y tímida. Esto mismo es lo que le sucede al educando cuando pasa de situarse de la posición de amado (el que es valorado y reconocido por su maestro) a la posición de amante, a la de deseante y no de deseado. Al haber reconocido su falta puede quedar embargado por el movimiento que implica el deseo, pero al mismo tiempo puede caer en el error de pensar que es el profesor quien tiene aquello que cree que le falta, incluso hasta llegar a fetichizarlo,[10] convirtiéndolo en un tesoro que se debe poseer, en una ágalma[11]. Esto mismo es lo que le sucede a Alcibíades con Sócrates, es por ello que cuando se dispone a hablar en el banquete que se está llevando en casa de Agatón hace un símil diciendo que Sócrates « (…) es sumamente parecido a esos silenos que hay en los talleres de los escultores»[12] que guardan en su interior grandes tesoros. El estudiante puede creer que aquello a lo cual apunta su deseo se encuentra en el profesor, lo que acarrea el peligro de la servidumbre. Docente y estudiante pueden ser víctimas, de manera diferente, de una posible servidumbre. El primero se inscribe en el riesgo de terminar ejerciendo una labor educativa sólo bajo el ánimo de recibir una constante adulación por parte del séquito que ha construido, imposibilitando la trascendencia de sus estudiantes; se convierte en siervo de un deseo de reconocimiento que le obliga, a toda costa, a buscar ser objeto de deseo de otros; se vuelve esclavo de concebirse como un tesoro que el otro debe desear, se ata a la búsqueda del reconocimiento. El segundo corre el riesgo de enajenarse para convertirse en una réplica del maestro; al confundir su deseo con el educador, hace todo lo que esté a su alcance para mantener a éste en tanto lo cree el objeto de su deseo, ubicándose en una posición pasiva desde la cual sólo recibe las palabras de otro, sin encaminarse hacia una búsqueda propia. En este punto quien educa debería evidenciar que no es él a quien desea su estudiante, sino a otra cosa.
La redirección del deseo también se encuentra presente en la relación que hay entre Sócrates y Alcibíades en el banquete. Inmediatamente después de que Sócrates da su discurso, llega Alcibíades ebrio. En un inicio no se percata de la presencia de su amado, cuando lo hace, le dice las siguientes palabras:
Cuando le escucho —a Sócrates—, mi corazón da muchos más brincos que el de los Coribantes en su danza frenética, y se derraman mis lágrimas por efecto de sus palabras y veo que a muchísimos otros les sucede lo mismo. En cambio, cuando escuchaba a Pericles y a otros buenos oradores, estimaba que hablaban bien, pero jamás me pasó nada semejante, ni se turbaba mi alma, ni se irritaba ante la idea de que me encontraba en situación de esclavitud.[13]
Después de estas y otras palabras, después de la comparación con el sileno y de la confesión de amor de Alcibíades, Sócrates, como muestra Lacan, le responde « (…) desengáñate, considera la cosas con más cuidado, para no equivocarte, porque este yo no es, propiamente hablando, nada. (…) Pero atención —allí donde tú ves algo, yo no soy nada».[14] Lo que responde el filósofo griego es en virtud de que ha reconocido que Alcibíades cree haber hallado el objeto de su deseo en él, objeto que Sócrates sabe que no posee y que no es, por lo que intenta redirigir el deseo de Alcibíades, mostrándole que no posee aquello que le endilga. Lo mismo había hecho Sócrates al desviar el foco de atención en su conversación con Agatón, mostrándole que no era él (Sócrates) quien poseía una verdad que el otro no. Esto se evidencia cuando el filósofo griego interviene y el anfitrión, Agatón, reconoce la posibilidad de haberse equivocado, llevándole a poner en cuestión su propio discurso y pensar que si él está en un error, es porque la verdad la tiene otro: «Sócrates —respondió—, a ti no sería yo capaz de contradecirte. Que quede el asunto tal como tú dices. —No, por cierto, querido Agatón —le replicó Sócrates—; es a la verdad a la que no puedes contradecir, pues a Sócrates no es nada difícil».[15]
En últimas, la perspectiva de la educación desde el deseo comprende que tanto el educador como el educando están abiertos a la posibilidad de reconocer su falta y estar en función de ésta; que el deseo puede aparecer en el corazón del educando a partir del enigmático entramado que puede darse entre la identificación con el docente, la crítica de la opinión como método educativo y el reconocimiento de la falta constitutiva del ser humano. El deseo que se presenta, a partir del reconocimiento de la carencia, debe ser tratado de manera ética por el docente para que el estudiante no termine presa de la adulación hacia él o de querer ser su réplica. Se debe mostrar al educando que su deseo no es el docente, sino que está más allá, que es algo suyo propio. La posición como deseante le permitirá al educando estar en constante devenir, transformarse, formarse, no importándole tanto un punto de llegada: ganar un examen, superar un año académico, hacerse a una determinada información que posteriormente olvidará o que utilizará únicamente de manera instrumental; lo que termina por importar es el proceso de búsqueda del estudiante, proceso que transformará su espíritu en virtud de la pregunta ¿quién soy?
[1] Sócrates se encontraba recostado en la entrada del lugar sumamente pensativo. A pesar de que Agatón había dado la orden a los esclavos para que le hicieran entrar al banquete, Sócrates no respondía y se mantenía absorto en sus pensamientos.
[2] Platón, El banquete. (Colombia: Editorial Universidad de Antioquia, 2011), 14.
[3] Estanislao Zuleta, Lógica y crítica. (Colombia: Hombre Nuevo Editores, 2010).
[4] Estanislao Zuleta, Educación y democracia. (Colombia: Ariel, 2016), 70.
[5] Jacques Lacan, La transferencia. (Argentina: Paidós: 2003), 155.
[6] «Una vez terminaron de comer, se presentó a mendigar, como era natural al celebrarse un festín, Penía (la Pobreza) y quedóse a la puerta. Poros, entre tanto, como estaba embriagado de néctar, penetró en el huerto de Zeus y en el sopor de la embriaguez se puso a dormir. Penía entonces, tramando, movida por su escasez de recursos, hacerse un hijo de Poros, del Recurso, se acostó a su lado y concibió al Amor». Platón, El banquete, 93.
[7] Ibid., 155.
[8] Estanislao Zuleta, Educación y democracia, 78.
[9] El concepto de transferencia es descubierto por Freud, quien lo sitúa en una relación de sostén con la palabra, y es descrito como un proceso espontáneo que permite la relación entre el analista y el analizado, donde el segundo se ve afectado por el primero. Dice Lacan que en la transferencia « (…) el sujeto fabrica, construye algo. Y en consecuencia, me parece, por fuerza hay que integrar inmediatamente a la función de la transferencia el término de ficción». Jacques Lacan, La transferencia, 203. En el ámbito educativo la transferencia se presenta cuando el educador desencadena afectos en el educando, que lo llevan a rememorar asuntos de la infancia y situar el deseo sobre un nuevo objeto, lo que permite que aparezca el reconocimiento y la admiración. Existe una probabilidad de que el estudiante construya un nuevo ideal del yo, que no es más que una imagen a la cual se apunta, que se quiere llegar a ser, que tiende a reemplazar a las figura paternas.
[10] El fetichismo es el hecho de atribuirle a algo o alguien cualidades que no le son propias, sino producto de algo tercero, provocando que se desconozca lo que realmente compone dichas cualidades y se crean propias del objeto. Hay un elemento cargado de libido del que se desconoce la estructura que le da esas cualidades. Por ejemplo, alguien puede fetichizar los pies creyendo que ahí está aquello que lo libidiniza, pero eso que lo libidiniza está es un todo, en una estructura.
[11] El ágalma es un objeto que despierta el deseo de una persona, objeto que se configura como un tesoro que ha de ser aprehendido.
[12] Platón, El banquete, 127.
[13] Ibid., 129.
[14] Jacques Lacan, La transferencia, 182.
[15] Platón, El banquete, 88.
Lacan, Jacques. La transferencia. Argentina: Paidós, 2003.
Platón. El banquete. Colombia: Editorial Universidad de Antioquia, 2011.
Zuleta, Estanislao. Lógica y crítica. Colombia: Hombre Nuevo Editores, 2010.
Zuleta, Estanislao. Educación y democracia. Colombia: Ariel, 2016.
Zuleta, Estanislao. Arte y Filosofía. Colombia: Ariel, 2020.
Steven Acosta Marulanda
Participante del proyecto «Pensar lo humano: Estanislao Zuleta o el saber para la vida», en su laboratorio de creación uno: « ¿Es posible educar sin deseo?»
Estudiante de Licenciatura en Filosofía de la Universidad de Antioquia