Investigar es ver desde otro lugar, una lectura a los cuentos de Poe
CICLO 2021
Investigar es ver desde otro lugar, una lectura a los cuentos de Poe
Para muchos los cuentos de Poe son fáciles, de iniciación y los enmarcan con simpleza en las clasificaciones que hacen tan cómodos los análisis de las obras. Dicen de su prosa que hace parte del género del terror, de los cuentos fantásticos o policiacos, y con ello dan por zanjada la cuestión; los cuentos pasan a ser ejemplos de un orden más general que los acoge y pierden así su fuerza singular. Lo peor es que esa pérdida no se reconoce; lastimosamente la simpleza de estas lecturas se acompaña de seguridad y no deja que asome la sospecha de que algo valiosísimo se dejó por fuera. La supuesta facilidad de sus cuentos es sólo aparente, y debe atribuirse más a la mirada que a lo escrito; con Poe cabe perfectamente la frase de Valery que cita Zuleta: «no hay obras fáciles, sólo lectores fáciles». Una lectura que sospeche de sí y suponga un valor en lo que lee, que sea capaz de habitar largamente la obra de Poe soportando no entender al primer intento, que sea capaz de explorarla en sus matices y reconocer los temas que insisten en ella, encontrará que ésta se abre como la belleza del discurso de Sócrates a Alcibíades, y reconocerá también que las clasificaciones que parecen tan firmes a la hora de aprehenderla con simpleza tambalean y se quedan cortas.
Por ejemplo, uno cuando lee a Poe tiene que preguntarse por la naturaleza del terror, del suyo, del que él explora y que no es aquel al que nos tienen acostumbrados las películas y algunos cuentos que se prendan del recurso de criaturas sobrenaturales, monstruos, fantasmas y demás. Y hay que hacer esa pregunta porque Poe precisamente no tiene necesidad de tales recursos: el terror que se vive al final de «La caída de la casa Usher» o de «Berenice» es el de una horrible e íntima verdad que, superando la fuerza de una represión que la mantenía bajo la tumba, vuelve de entre los muertos bajo una forma que no deja más salida que reconocerla, mirarla a los ojos; una verdad de la que huye el protagonista y que pesa como un ineluctable destino determinado a cumplirse. Lo que es terrorífico en «El gato negro» no es el gato al que el narrador culpa de todos sus inhumanos actos sino su confesión de que hace el mal por el mal, entregándonos la verdad que ocultamos bajo las justificaciones de la venganza, la ebriedad o el delirio de una pasión y a la que le oponemos la débil pero noble fuerza de la ética, la razón y el arte. Poe, más que escribir cuentos de terror, y como lo reconoció tempranamente Baudelarie, «afirmó imperturbablemente la maldad natural del hombre. Hay en el hombre, dice, una fuerza misteriosa que la filosofía moderna no quiere tener en cuenta; y, sin embargo, sin esta fuerza sin nombre, sin esta inclinación primordial, una infinidad de acciones humanas permanecerán inexplicadas, inexplicables».
Lo propio se puede hacer con la categoría fantástico. Dostoievski la pone en duda en un corto pero profundo análisis que hace sobre algunos cuentos de Poe. De la estructura de sus cuentos dice: «supone la posibilidad de un evento no natural, aunque siempre demuestra lógicamente tal posibilidad y lo hace con una habilidad sorprendente; y una vez se ha concedido esta premisa, procede en todo lo demás de manera bastante realista». Poe ubica a sus personajes en situaciones límite o en realidades extraordinarias para luego describir «el estado interior de esa persona con una penetración maravillosa y con un realismo asombroso»; y no sólo describe el interior, también el entorno que rodea a los protagonistas, acudiendo a la física mecánica, la química, la geometría, para darle toda la verosimilitud a su narración cuando implica fenómenos naturales; llegando a descripciones que pueden llamarse «sociológicas», por lo detalladas y analíticas que llegan a ser, cuando el entorno es un fenómeno social como el de las masas, como ocurre en el «El hombre de la multitud». En fin, Dostoievski lo dice mejor: «Edgar Allan Poe presenta todo el cuadro o los eventos imaginados con todos sus detalles y con tan estupenda plasticidad que uno no puede sino creer en la realidad o en la posibilidad de un hecho que actualmente nunca ha ocurrido y, aun, no podría suceder jamás».
Por último, con la categoría de policiaco cabe repetir la misma crítica. El turno para hacerla crujir y mostrar la profundidad que vela, es de Estanislao Zuleta: éste, en las conferencias que dedica a algunos cuentos de Poe, muestra que lo fundamental en aquellos cuentos en los que aparece el personaje Dupin, así como en los cuentos que implican la resolución de un enigma, la salida de una trampa, etc., no es el culpable como tal, no es el tesoro al final del enigma, no es el secreto que se abre, sino el cómo se llega a los resultados, el desciframiento mismo, el proceso de la investigación, sus condiciones de posibilidad y las fuerzas que se le oponen, desde qué supuestos y disposiciones afectivas se hacen las observaciones y cómo éstos pueden abrir u opacar la mirada. Sobre este último tema conversaremos en el próximo «Pensar lo humano», que hemos dado en llamar «Investigar es ver desde otro lugar», intentando mostrar, como lo hizo Zuleta en su momento, que sus cuentos guardan más de lo que aparentan, y que en aquellos que podemos agrupar en este tema de la investigación se encuentra una valoración positiva del pensamiento, que se eleva al lugar de una fuerza que se opone a los peligros externos pero también a los que nos tientan desde lo más íntimo, que nos llaman a la pérdida de sí, a la comodidad de la impersonalidad, a permanecer en lo sabido aferrados a una identidad.
Santiago Piedrahita (Miembro del CEEZ)
Para muchos los cuentos de Poe son fáciles, de iniciación y los enmarcan con simpleza en las clasificaciones que hacen tan cómodos los análisis de las obras. Dicen de su prosa que hace parte del género del terror, de los cuentos fantásticos o policiacos, y con ello dan por zanjada la cuestión; los cuentos pasan a ser ejemplos de un orden más general que los acoge y pierden así su fuerza singular. Lo peor es que esa pérdida no se reconoce; lastimosamente la simpleza de estas lecturas se acompaña de seguridad y no deja que asome la sospecha de que algo valiosísimo se dejó por fuera. La supuesta facilidad de sus cuentos es sólo aparente, y debe atribuirse más a la mirada que a lo escrito; con Poe cabe perfectamente la frase de Valery que cita Zuleta: «no hay obras fáciles, sólo lectores fáciles». Una lectura que sospeche de sí y suponga un valor en lo que lee, que sea capaz de habitar largamente la obra de Poe soportando no entender al primer intento, que sea capaz de explorarla en sus matices y reconocer los temas que insisten en ella, encontrará que ésta se abre como la belleza del discurso de Sócrates a Alcibíades, y reconocerá también que las clasificaciones que parecen tan firmes a la hora de aprehenderla con simpleza tambalean y se quedan cortas.
Por ejemplo, uno cuando lee a Poe tiene que preguntarse por la naturaleza del terror, del suyo, del que él explora y que no es aquel al que nos tienen acostumbrados las películas y algunos cuentos que se prendan del recurso de criaturas sobrenaturales, monstruos, fantasmas y demás. Y hay que hacer esa pregunta porque Poe precisamente no tiene necesidad de tales recursos: el terror que se vive al final de «La caída de la casa Usher» o de «Berenice» es el de una horrible e íntima verdad que, superando la fuerza de una represión que la mantenía bajo la tumba, vuelve de entre los muertos bajo una forma que no deja más salida que reconocerla, mirarla a los ojos; una verdad de la que huye el protagonista y que pesa como un ineluctable destino determinado a cumplirse. Lo que es terrorífico en «El gato negro» no es el gato al que el narrador culpa de todos sus inhumanos actos sino su confesión de que hace el mal por el mal, entregándonos la verdad que ocultamos bajo las justificaciones de la venganza, la ebriedad o el delirio de una pasión y a la que le oponemos la débil pero noble fuerza de la ética, la razón y el arte. Poe, más que escribir cuentos de terror, y como lo reconoció tempranamente Baudelarie, «afirmó imperturbablemente la maldad natural del hombre. Hay en el hombre, dice, una fuerza misteriosa que la filosofía moderna no quiere tener en cuenta; y, sin embargo, sin esta fuerza sin nombre, sin esta inclinación primordial, una infinidad de acciones humanas permanecerán inexplicadas, inexplicables».
Lo propio se puede hacer con la categoría fantástico. Dostoievski la pone en duda en un corto pero profundo análisis que hace sobre algunos cuentos de Poe. De la estructura de sus cuentos dice: «supone la posibilidad de un evento no natural, aunque siempre demuestra lógicamente tal posibilidad y lo hace con una habilidad sorprendente; y una vez se ha concedido esta premisa, procede en todo lo demás de manera bastante realista». Poe ubica a sus personajes en situaciones límite o en realidades extraordinarias para luego describir «el estado interior de esa persona con una penetración maravillosa y con un realismo asombroso»; y no sólo describe el interior, también el entorno que rodea a los protagonistas, acudiendo a la física mecánica, la química, la geometría, para darle toda la verosimilitud a su narración cuando implica fenómenos naturales; llegando a descripciones que pueden llamarse «sociológicas», por lo detalladas y analíticas que llegan a ser, cuando el entorno es un fenómeno social como el de las masas, como ocurre en el «El hombre de la multitud». En fin, Dostoievski lo dice mejor: «Edgar Allan Poe presenta todo el cuadro o los eventos imaginados con todos sus detalles y con tan estupenda plasticidad que uno no puede sino creer en la realidad o en la posibilidad de un hecho que actualmente nunca ha ocurrido y, aun, no podría suceder jamás».
Por último, con la categoría de policiaco cabe repetir la misma crítica. El turno para hacerla crujir y mostrar la profundidad que vela, es de Estanislao Zuleta: éste, en las conferencias que dedica a algunos cuentos de Poe, muestra que lo fundamental en aquellos cuentos en los que aparece el personaje Dupin, así como en los cuentos que implican la resolución de un enigma, la salida de una trampa, etc., no es el culpable como tal, no es el tesoro al final del enigma, no es el secreto que se abre, sino el cómo se llega a los resultados, el desciframiento mismo, el proceso de la investigación, sus condiciones de posibilidad y las fuerzas que se le oponen, desde qué supuestos y disposiciones afectivas se hacen las observaciones y cómo éstos pueden abrir u opacar la mirada. Sobre este último tema conversaremos en el próximo «Pensar lo humano», que hemos dado en llamar «Investigar es ver desde otro lugar», intentando mostrar, como lo hizo Zuleta en su momento, que sus cuentos guardan más de lo que aparentan, y que en aquellos que podemos agrupar en este tema de la investigación se encuentra una valoración positiva del pensamiento, que se eleva al lugar de una fuerza que se opone a los peligros externos pero también a los que nos tientan desde lo más íntimo, que nos llaman a la pérdida de sí, a la comodidad de la impersonalidad, a permanecer en lo sabido aferrados a una identidad.
Santiago Piedrahita (Miembro del CEEZ)
Vea el vídeo de la conversación pública haciendo clic aquí:
Laboratorio de creación
Vea el vídeo de la exposición oral hecha por uno de las participantes del laboratorio haciendo clic aquí:
Lea el texto escrito por una de las participantes del laboratorio de creación:
La investigación y la lectura en los cuentos de Edgar Allan Poe: el arte de desentrañar enigmas
«Todos los hombres tenían como una ventana por la cual podía verse su corazón»
—Edgar Allan Poe
La realidad, ese universo que habitamos y experimentamos en el día a día junto con otros, que es problematizada por filósofos y recreada por artistas y escritores, sirve de inspiración a Edgar Allan Poe para narrar historias enigmáticas a través de las cuales podemos afirmar que el investigador lleva a cabo en su proceso investigativo una labor similar a la que realiza un lector ante un texto literario, pues ambos hacen un proceso de interpretación de los significantes que componen el enigma o el texto a descifrar, van en búsqueda de la verdad y dan sentido a su propia existencia a través del conocimiento develado por el misterio resuelto.
De acuerdo con Leibniz, es imposible hacerse una idea acerca de algo, si ese algo carece de signo, es decir de representación gráfica (significado) y significado conceptual (significante)[1]; pero, en contraste con dicho planteamiento, no se puede afirmar que el lector y el investigador descifran o interpretan signos, porque el signo es una entidad cerrada que designa algo y nada más, y lo que se ve en un proceso de investigación y de lectura es que los significantes están abiertos, que los textos no tienen signos sino tan sólo significantes. Si significante y significado fueran inseparables, no sería necesario ningún tipo de interpretación.
Siguiendo lo anterior, si el investigador de «El hombre de la multitud»[2] se quedara anclado en el signo y en la decodificación (esto significa solo aquello) no podría ver más que hombres y mujeres recorriendo las calles, es decir, no podría hacer ningún proceso de interpretación. Si el lector hiciera lo mismo vería una serie de palabras que probablemente no tendrían sentido: esto es más claro por ejemplo cuando se lee poesía, donde precisamente hay un trastocamiento del sentido habitual. Si alguien lee poesía con la intención de decodificar, no podría llevar a cabo su cometido porque no comprendería nada.
En lugar de ello, vemos que, como lector de la multitud, el narrador extrae de la apariencia de los transeúntes, de su vestimenta, de sus rasgos el contenido que yace bajo de éstos; tal cual se evidencia en el párrafo citado a continuación:
Los jugadores profesionales —y había no pocos— eran aún más fácilmente reconocibles. Vestían toda clase de trajes, desde el pequeño tahúr de feria, con su chaleco de terciopelo, corbatín de fantasía, cadena dorada y botones de filigrana, hasta el pillo, vestido con escrupulosa y clerical sencillez, que en modo alguno se presta a despertar sospechas. Sin embargo, todos ellos se distinguían por el color terroso y atezado de la piel, la mirada vaga y perdida y los labios pálidos y apretados. Había, además, otros dos rasgos que me permitían identificarlos siempre; un tono reservadamente bajo al conversar, y la extensión más que ordinaria del pulgar, que se abría en ángulo recto con los dedos. Junto a estos tahúres observé muchas veces a hombres vestidos de manera algo diferente, sin dejar de ser pájaros del mismo plumaje. Cabría definirlos como caballeros que viven de su ingenio. Parecen precipitarse sobre el público en dos batallones: el de los dandys y el de los militares. En el primer grupo, los rasgos característicos son los cabellos largos y las sonrisas; en el segundo, los levitones y el aire cejijunto.
Sin embargo, su capacidad de interpretación se ve limitada cuando descubre un gran misterio en la expresión de un hombre/libro viejo y desconocido, generador de intensas emociones capaces de incitar el más ferviente deseo de ir en búsqueda de un secreto maravillosamente oscuro y terrible, escondido tras una apariencia descuidada, aunque poseedora de un tesoro tan resplandeciente como punzante. Ahora bien, ¿qué es lo que busca un investigador o un lector cuando se encuentra ante un misterio, un enigma o un problema derivado de su objeto de interés? Nada más y nada menos que la verdad, aquella identificada por el narrador en aquel hombre/libro misterioso, a quien denomina «El hombre de la multitud» por tratarse de alguien negado a estar solo.
Esa verdad está oculta en un pozo profundo (como considera Demócrito) y, por lo tanto, no es fácilmente revelada a la luz del día. Así sucede en «Un descenso al Maelström»[3] cuando el personaje que cuenta su experiencia tras caer en las garras del torbellino junto a sus hermanos (el cual lo hizo más viejo en tan solo seis horas) no consigue ninguna credibilidad entre quienes lo escuchan —incluso tratándose de personas que lo conocieron antes de que sucediera tan trágico evento—:
Quienes me subieron a bordo eran mis viejos camaradas y compañeros cotidianos, pero no me reconocieron, como si yo fuese un viajero que retornaba del mundo de los espíritus. Mi cabello, negro como ala de cuervo la víspera, estaba tan blanco como lo ve usted ahora. También se dice que la expresión de mi rostro ha cambiado. Les conté mi historia… y no me creyeron. Se la cuento ahora a usted, sin mayor esperanza de que le dé más crédito del que le concedieron los alegres pescadores de Lofoden.
Esa verdad que, por el contrario, Dupin —el investigador de «Los crímenes de la calle Morgue»[4]— ve como algo que no siempre está dentro de un pozo y que, por lo tanto, no debe confundirse con un exceso de profundidad, como él mismo expone a partir del siguiente ejemplo:
Si se observa una estrella de una ojeada, oblicuamente, volviendo hacia ella la porción exterior de la retina (mucho más sensible a las impresiones luminosas débiles que la parte interior), se verá la estrella con claridad y se apreciará plenamente su brillo, el cual se empaña apenas la contemplamos de lleno. Es verdad que en este último caso llegan a nuestros ojos mayor cantidad de rayos, pero la porción exterior posee una capacidad de recepción mucho más refinada. Por causa de una indebida profundidad confundimos y debilitamos el pensamiento, y Venus misma puede llegar a borrarse del firmamento si la escrutamos de manera demasiado sostenida, demasiado concentrada o directa.
Finalmente, está también aquello que investigadores y lectores encuentran sobre sí mismos en aquello que les detiene, sea un libro, un fenómeno o un caso de investigación, siendo pertinente la pregunta de qué tanto influye su punto de vista y su propia experiencia en aquello que observan y describen, y qué tan identificados se encuentran con la revelación arrojada por la investigación o la lectura realizada. Lo anterior tiene su clara evidencia en «El hombre de la multitud» cuando el personaje principal se encuentra con la mirada del hombre que lo ha intrigado y al cual persigue, quien, sin embargo, no responde a esta y, más bien, lo que se podría inferir de esta escena es que el personaje narrador se enfrenta ante un posible espejo de su propio yo, descubriendo a través del reflejo visualizado que ese otro podría ser también él mismo, alguien que teme tanto la soledad que no puede vivir sino en medio de la multitud; así, la multitud es un peligro para él porque anula la angustia que supone su propia individualidad.
En «Un descenso al Maelström», por su parte, los eventos narrados pueden dar luz a cierta reflexión sobre la vida de los seres humanos: las experiencias más fuertes y reveladoras son aquellas experimentadas en carne propia, a profundidad. Pueden venir cuando menos se esperan, de la fuente más impredecible, en momentos de completa desprevención. Es posible sentirse incapaces de soportar su inclemencia en un principio y entrar en una especie de bloqueo mental que impida actuar de forma consciente. También puede suceder la posibilidad de encontrarse ante un instante de calma que sin embargo conduzca a un peor escenario. Entonces, tras sucesivas sacudidas, justo cuando más cerca se esté de la muerte, el cerebro se ilumine y, entregado a la contemplación, empiece a hacer razonamientos y asociaciones producto de la reminiscencia, capaces de activar la esperanza, el impulso, la acción que libere y conduzca hacia la salvación tan imprevisible previamente; aunque para ello sea necesario tomar decisiones difíciles derivadas de dilemas éticos como el que se presenta en este relato: «me ahogo junto a mi ser querido o me salvo yo solo».
Una última reflexión importante al respecto es suscitada por Dupin luego de narrar todas las circunstancias que le permitieron solucionar el crimen ocurrido en la calle Morgue a un policía que a pesar de haber resuelto mal el caso, llevando a la cárcel a un sujeto inocente, le invitó a ocuparse de sus asuntos; y es que a veces los hallazgos encontrados van a poner al investigador o al lector en pugna con otros que preferirían prescindir de sus interpretaciones, independiente del valor que estas representen en virtud del conocimiento, el cual solo puede ser validado a partir de la demostración o la crítica a una opinión o saber anterior; pues les recuerda su incapacidad para ir más allá de lo ordinario en la resolución de aquellos misterios que se ocultan tras los sucesos de la realidad y, con ello, su propia derrota: «negando lo que es y explicando lo que no es».
[1] Maria Julia Bertolio, Observaciones acerca del pensamiento ciego en Leibniz (México: Tópicos, 2013), 149-175.
[2] Edgar Allan Poe. «El hombre de la multitud». Ciudad Seva, 6 de septiembre del 2021, https://ciudadseva.com/texto/el-hombre-de-la-multitud/.
[3] Edgar Allan Poe. «Un descenso al Maelström». Ciudad Seva, 6 de septiembre del 2021, https://ciudadseva.com/texto/el-hombre-de-la-multitud/.
[4] Edgar Allan Poe. «Los crímenes de la calle Morgue». Ciudad Seva, 6 de septiembre del 2021, https://ciudadseva.com/texto/los-crimenes-de-la-calle-morgue/.
Yolima Monsalve Carvajal
Participante del proyecto «Pensar lo humano: Estanislao Zuleta o el saber para la vida», en su laboratorio de creación tres: «Investigar es ver desde otro lugar: una lectura a los cuentos de Poe»
Estudiante de Bibliotecología de la Universidad de Antioquia