Hombres y mujeres en los laberintos de la iniciación sexual

CICLO 2022

Hombres y mujeres en los laberintos de la iniciación sexual

La sexualidad humana ha sido estudiada desde múltiples perspectivas, las cuales constantemente amplían la (in)comprensión que de esta se tiene. La sexualidad como elemento histórico, la normalización de algunas prácticas sexuales y la prohibición de otras, el hallazgo de su importancia para el desarrollo del sujeto son algunas de las muchas reflexiones que denotan su importancia para la comprensión de lo humano. En este encuentro de Pensar lo humano abordaremos el problema de la iniciación sexual comprendido de manera amplia, es decir, tendremos en cuenta asuntos tales como las primeras preguntas que el infante se hace sobre la sexualidad, el desarrollo biológico de los cuerpos, los ritos de iniciación para cada género y las primeras experiencias en las prácticas sexuales, etc. Con la ayuda de autoras como Simone de Beauvoir y Élisabeth Badinter pretendemos realizar un acercamiento a la iniciación sexual de hombres y mujeres haciendo énfasis en su particular construcción de la masculinidad y la feminidad y en la relación existente entre ambos.

Steven Acosta (integrante del CEEZ)

La sexualidad humana ha sido estudiada desde múltiples perspectivas, las cuales constantemente amplían la (in)comprensión que de esta se tiene. La sexualidad como elemento histórico, la normalización de algunas prácticas sexuales y la prohibición de otras, el hallazgo de su importancia para el desarrollo del sujeto son algunas de las muchas reflexiones que denotan su importancia para la comprensión de lo humano. En este encuentro de Pensar lo humano abordaremos el problema de la iniciación sexual comprendido de manera amplia, es decir, tendremos en cuenta asuntos tales como las primeras preguntas que el infante se hace sobre la sexualidad, el desarrollo biológico de los cuerpos, los ritos de iniciación para cada género y las primeras experiencias en las prácticas sexuales, etc. Con la ayuda de autoras como Simone de Beauvoir y Élisabeth Badinter pretendemos realizar un acercamiento a la iniciación sexual de hombres y mujeres haciendo énfasis en su particular construcción de la masculinidad y la feminidad y en la relación existente entre ambos.

Steven Acosta
Integrante del CEEZ
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Apuntes sobre la iniciación sexual

Abordar el tema de la iniciación sexual resulta de no poca complejidad, pues aunque en apariencia ha sido altamente abordado es necesario reconocer la limitada (aunque no por ello menos necesaria) perspectiva desde la cual se ha trabajado. Una gran cantidad de estudios, artículos e investigaciones contemporáneos centran el problema en las tempranas edades en las cuales los jóvenes sostienen relaciones sexuales, o en la iniciación sexual desde las violencias basadas en género. Y aunque estas perspectivas contienen una riqueza conceptual y reflexiva fundamentales para la comprensión y transformación de coyunturas sociales, parecen dejar de lado una serie de preguntas que llevarían a una comprensión más lograda del tema. Por ejemplo, no hay una pregunta por el significado de la iniciación sexual, lo que lleva a una interpretación de este fenómeno desde una perspectiva falocéntrica, según la cual hay iniciación allí donde hay penetración: el hombre se inicia sexualmente cuando penetra por primera vez a una mujer y la mujer cuando es penetrada. Tampoco parece que se le dé lugar a preguntas sobre las condiciones de la sexualidad, es decir, si existe una «iniciación sexual» ¿significa esto que antes de un momento específico en la vida de un ser humano no hay sexualidad? ¿Hace por tanto la sexualidad parte de lo humano o es siempre una construcción histórico-social entre otras?

A continuación se expondrá una interpretación de la iniciación sexual de carácter histórico-social, diferenciada entre macho y hembra, y se considerará cómo esto modifica el vínculo entre ambos sexos. En el caso de la mujer, las interpretaciones de la filósofa existencialista Simone de Beauvoir entregan un panorama amplio de esta problemática. En cierta medida, podría decirse que la iniciación sexual, desde esta perspectiva, tiene que ver con la introducción a las normativas del género. Si, como dice la pensadora, no se nace mujer sino que se llega a serlo, la iniciación sexual sería la introducción de la hembra humana al conjunto de determinaciones del género, de lo que significa e implica socialmente ser mujer. 

En su conocida obra El segundo sexo, la pensadora pone de manifiesto los caminos que atraviesan los seres humanos y las determinaciones, principalmente de género, a las que se enfrentan para la construcción de su sexualidad. En principio tanto el niño como la niña realizan intentos, que resultan fallidos en la mayoría de los casos, por comprender la sexualidad, la suya propia y la de los demás: formulan preguntas cuyas respuestas (generalmente brindadas por los adultos) son nebulosas, se acercan a libros de texto que expresan el problema con un lenguaje complejo y ajeno a la realidad inmediata del niño, y se acercan a sus pares no encontrando más que dudas o respuestas improvisadas carentes de fundamentos. Será la misma sociedad la que imponga las normativas y las proyecciones vacías sobre estos conceptos a los individuos. En el caso de la mujer, la niña comenzará a notar cómo pasa poco a poco de ser un individuo con ciertas libertades a tener que ceñirse a destinos ineludibles: ser amante, esposa y madre. En este proceso, un conjunto de cambios naturales de los cuales no puede escapar: el crecimiento de sus senos, la llegada de la menstruación y un desarrollo corporal que la sitúa, en principio, en desventaja de fuerza y resistencia con respecto al cuerpo masculino, le reafirman su posición en el mundo, su destino. Estos cambios le mostrarán a la niña su condición de objeto observado y su pasividad absoluta. Algo que la llevará a comportarse de formas particulares: usar ropa ancha, caminar encorvada o utilizar cuadernos para cubrir el crecimiento de sus senos, asumir una posición de rebeldía absoluta en las relaciones con su madre u otras mujeres, e introducirse en juegos que implican el uso de la fuerza para medirse con sus hermanos hombres, etc. 

Lo que se encuentra en la joven, pues, no es otra cosa más que un rechazo rotundo de la feminidad, de un destino que no desea asumir y del cual parece no poder escapar. Esta intenta encontrar vías alternas que le permitan una autodeterminación. En principio, modifica sus relaciones con las demás mujeres, especialmente mayores o con las cuales sostiene un vínculo afectivo, llevándolas a la hostilidad absoluta, casi culpando a éstas de ponerla en la penosa situación de la que busca escapar. Posteriormente, en su intento por escapar de su relación con la masculinidad, la joven inicia relaciones sumamente narcisistas donde se busca a sí misma en otros cuerpos: llegará a entablar vínculos homoeróticos con sus amigas (cuerpos que le recuerdan la suavidad, delicadeza y una idea de imposibilidad de lastimar de su propio cuerpo), comenzará a imaginar situaciones con otras mujeres como sus maestras, las amigas de su madre u otras mujeres en general; también llevará su fantasía al límite al imaginar relaciones con hombres cuya existencia no podrá vincularse con la realidad, llegará a fantasear pero sin buscar consumar el acto, o en el caso de relacionarse con hombres lo hará con aquellos que se encuentren sumamente feminizados, pues serán un tránsito menos fuerte al contacto con la masculinidad. No obstante, a pesar de sus intentos, la sociedad e incluso los cambios naturales de su propio cuerpo le recordarán e impondrán constantemente a la joven su destino como ser pasivo, como objeto en el mundo. Esta será la iniciación sexual de la mujer, algo que va desde elementos como los cambios físicos hasta la imposición, rebeldía y aceptación de determinaciones sociales respecto a la feminidad. 

En el caso del hombre, la filósofa e historiadora Elisabeth Badinter entrega una serie de reflexiones en su libro xy la identidad masculina que permiten comprender cómo éste vive su entrada a la masculinidad. En principio, la autora pone en evidencia a la masculinidad como un concepto vacío: hay siempre una exigencia hacia los machos humanos de «ser un hombre», sin que se comprenda realmente lo que esto significa. Según esta teórica, la masculinidad no es más que una contraposición de la feminidad: si lo femenino es lo delicado, inmanente y débil, lo masculino deberá de ser lo tosco, trascendente y fuerte. La iniciación sexual del niño, su entrada a la masculinidad, estará entonces atravesada por una construcción contradictoria con la madre, la feminidad y la homosexualidad. 

En un primer momento, el niño deberá separarse de la figura más inmediata que tiene: la madre. Deberá reconocer su diferencia con la madre para poder construir un modelo de identificación que concuerde incluso con su propia anatomía. El problema, en el caso de una sociedad patriarcal como la que se ha construido hasta ahora, es que la propia idea de masculinidad impide vínculos estrechos entre hombres (aunque estos terminen siempre buscando el reconocimiento de otros hombres), lo que dificulta en suma el desarrollo y la iniciación sexual del niño, pues se le hace una exigencia pero no se le brindan elementos para cumplir con la misma. En segunda instancia, el niño comenzará su proceso de construcción de la masculinidad en un rechazo total con aquel modelo con el cual se supone no ha de identificarse: la niña. Nace así su aversión por la feminidad y su idea de constituirse en contraposición a todo lo que esta representa. Por último, aunque íntimamente vinculado con el rechazo de la feminidad, el niño se situará en una posición de heterosexualidad que deberá rechazar otros modelos de interpretación de las relaciones con los demás. Con estos tres movimientos y algunas exigencias sociales más (la idea de fuerza, de éxito, de promiscuidad, entre otras) el niño se inicia sexualmente, se convierte en hombre. 

Sin embargo, los cambios sociales e históricos, como los que ha propuesto el feminismo, han conducido hacia crisis de la masculinidad al poner en evidencia cómo la mujer puede situarse en aquellos lugares que se supone pertenecen a la masculinidad: el lugar público, la política, los negocios, e incluso los deportes. La puesta en cuestión de los espacios de la masculinidad muestra cómo la masculinidad no es más que una proyección vacía sobre el mundo.

Para finalizar, cabe anotar que serán precisamente estos roles sociales, en los cuales hombres y mujeres se inician, los que establecerán formas específicas de la relación entre ambos sexos. Si bien no es posible reducir la iniciación sexual, como se mencionó al principio, a la penetración de la mujer por parte del hombre, no hay que negar que este momento, como lo menciona Beauvoir, resulta de gran importancia para el desarrollo sexual de los individuos, especialmente de las mujeres. La pensadora francesa expone, a partir de una serie de relatos, cómo el primer encuentro de muchas mujeres con un hombre marca la relación que estas establecen posteriormente con su propio cuerpo (un mal comentario podría marcar una inseguridad difícil de superar), con la manera de llevar las relaciones sexuales (esta primera experiencia puede llevar a la frigidez absoluta o al futuro goce de las relaciones sexuales), entre otras. Es además en este espacio en el que se marca de manera más evidente la distinción de los sexos en relación con los conceptos de actividad-pasividad, trascendencia-inmanencia. En las relaciones sexuales parece reproducirse la idea según la cual la mujer es un objeto pasivo, un cuerpo que es tomado, que es conquistado, mientras que el hombre es aquel sujeto activo, quien conquista, quien observa y no es observado, quien ejerce la acción creadora, etc.

La iniciación sexual es entonces un problema necesario de complejizar, que no debe limitarse a las relaciones sexuales entre los individuos, sino que debe comprender los roles y exigencias sociales. Al comprender la iniciación sexual, por ejemplo, como un elemento histórico, se abren múltiples preguntas y perspectivas que permiten la identificación de cambios en las estructuras sociales que producen  nuevas formas de subjetividad y, por tanto, de relaciones entre los sujetos y el mundo. Empero, en tanto el concepto de iniciación sexual lleva a pensar si podría identificarse la sexualidad como una condición ontológica del ser humano, se hace  patente la riqueza de complejizar la temática y las aristas que aparecen al momento de comprenderla en sus múltiples determinaciones. 

Steven Acosta

Licenciado en Filosofía de la Universidad de Antioquia