sexualidad, transgresión y ley en dos novelas boccaccio
Dos novelas del Decamerón permiten pensar las tensiones que existen entre la ley —su coacción, consenso, legitimidad— y la sexualidad y su tendencia al desborde, ello a partir del fenómeno de la transgresión y la comicidad en un contexto religioso.
sexualidad, transgresión y ley en dos novelas de boccaccio
Dos novelas del Decamerón permiten pensar las tensiones que existen entre la ley —su coacción, consenso, legitimidad— y la sexualidad —su tendencia al desborde—, a partir del fenómeno de la transgresión y la comicidad en un contexto religioso.
Una abadesa es despertada en medio de la noche por sus monjas para que vaya a la celda de una hermana, Isabel, y pueda encontrarla in fraganti con un hombre. La abadesa se viste rápidamente y a oscuras, y en vez de su toca se pone los calzones del cura con el que estaba durmiendo. En medio de la reprimenda, la acusada se percata de este error que delata a la abadesa y la pone en su mismo lugar de caída. Se lo hace observar y la abadesa pasa de autoritaria a licenciosa e indica que todas las demás monjas deberían hacerse a un amante, ya que es harto difícil resistir a las tentaciones de la carne. ¡Escándalo!
Otra historia: un apuesto, fuerte y robusto joven se hace pasar por sordomudo para entrar como hortelano en un convento. La condición de sordomudo lo hace parecer incapaz de hablar con las monjas, y ello convence a la abadesa de contratarlo; al mismo tiempo esa condición es la que le permite a Masetto, que así se llamaba el joven, presentarse como la víctima perfecta para la concupiscencia de las monjas, que se aprovechan de él y lo usan para probar las delicias de la carne sin ser denunciadas. Hasta tal punto se vuelve el objeto perfecto para los usos y abusos del pecado, que todas las ocho monjas del convento, y hasta la misma abadesa, terminan por usar al hortelano para su placer al escondido. Viendo Masetto que estas mujeres eran imposibles de satisfacer y que, por tal exceso, su engaño estaba yendo en contra suya, se ve obligado a decirle a la abadesa que por milagro del señor recuperó el habla, para poder denunciar la situación que estaba ya poniendo en peligro la salud de su cuerpo. ¡Sacrilegio!
Los dos párrafos que anteceden son el resumen de dos jocosas, escandalosas y eróticas narraciones que se encuentran en el libro el Decamerón,[1] y voy a aprovechar todo el humor y la agudeza que Boccaccio imprime en ellas para traer a cuento un par de reflexiones sobre el tema de la ley, la transgresión y la sexualidad.
Dado el contexto en el que se desarrollan ambos relatos, veamos primero las características de la relación que establece el cristianismo entre la ley, la carne y la subjetividad tal y como las delinea Foucault. Para el cristianismo el ser humano está condicionado, en su cuerpo y su voluntad, por el estigma de la caída del paraíso: San Agustín, en La ciudad de Dios, arguye que el cuerpo en el paraíso era todo control y la sexualidad no tenía esa característica espasmódica que la diferencia aquí en la tierra; según cuenta, esto es así porque Adán en el paraíso opuso su voluntad contra la de Dios y, en castigo, este hizo que de ahí en más su cuerpo se rebelará contra aquel (la erección es el modelo), perdiendo el control sobre sí, pasando de indiviso a escindido en su voluntad. Lo que San Agustín llama libido, el movimiento autónomo de los órganos, es una parte interna de la voluntad misma, y es la expresión y repetición —ahora en la tierra, ahora involuntario— del gesto de Adán de ir más allá de la voluntad de Dios. Y es la libido, así entendida, la que permite al cristianismo inaugurar un tipo de relación del sujeto consigo mismo, pues estando dividido en su voluntad —entre una suya y otra que ubicada dentro de sí escapa a su poder— el sujeto debe ahora descifrar, distinguir, atender, confesar y luchar contra los pensamientos, deseos, imágenes y tentaciones que son motivados por esa voluntad otra que maneja los hilos del deseo que lleva al pecado. Será entonces el reconocimiento de la ley, de un código jurídico-moral de los actos, momentos e intenciones, y la obediencia a una autoridad pastoral lo único que hará legitima una actividad que porta en sí misma una connotación negativa.[2]
Las monjas de los relatos se han entregado al modelo moral cristiano, y buscan gobernarse en función de la pureza y la virginidad. Para ello se han recluido en un convento fuera del alcance de la tentación de los hombres, en donde la mutua vigilancia, la culpa, la representación de la ley en la figura de la abadesa y la convicción se encargan de que su comportamiento se aproxime al mencionado modelo. Pero los dos relatos también muestran que entre el comportamiento modelo y el comportamiento real hay un bache, un desajuste, y ambos nos hacen reír y ruborizar cuando narrativamente juegan con él. Foucault al final de su vida sabe de ese bache —precisamente el gobierno de la conducta intenta eliminarlo—, sabe de la irreductibilidad del sujeto al poder, pero no piensa este problema como lo proponen estos relatos, a saber, que una problemática libertad, que hace posible el desajuste entre sujeto y poder, se fundamenta precisamente en lo que no se deja gobernar ni por el sujeto mismo —¿no es el cristianismo también consciente de esa ingobernabilidad?—, sino que piensa la libertad como la posibilidad del sujeto de oponer al gobierno que el poder ejerce sobre él un autogobierno desnormalizador. Es decir, si estas monjas transgreden la ley divina no es porque hayan elegido, de manera racional, gobernarse con arreglo a una nueva ley, sino que rompen con el mandato de la castidad por ceder a lo que involuntariamente las lanza a gozar de la carne.
Por eso es que estas dos narraciones son una cómica relativización de la formidable capacidad de subjetivación (sujeción) que Foucault otorga al poder, son una exploración de lo ingobernable que por ingobernable pone hasta en peligro la vida —para el caso la de Masetto— y que por eso exige algún tipo de marco que le dé salida controlada. Sigamos pensando entonces con Boccaccio. El mencionado bache se reabre en el relato de Isabel en el momento en el que esta se enamora de un acompañante de un familiar que fue a visitarla; en el de Masetto la fisura la reabrió este mismo al ofrecerse como un objeto de pecado sin castigo ni denuncia, lo que redundó en la tentación de las monjas y en el quiebre de su convicción. Al mismo tiempo, en este último relato, un importante elemento para ayudar al cumplimiento del modelo virginal, la mutua vigilancia, se fracturó en el momento en el que las dos primeras monjas que prueban al apuesto y fornido joven comparten el mismo pecado y renuncian a controlarse y señalarse mutuamente. Por último, en ambas novelas, las abadesas —que son la representación de la ley, ejemplo de la realización del pacto de renuncia y quienes están avaladas, por esto mismo, a amenazar y a ejercer la coacción que necesita la ley para ser efectiva—, al tener que asumir que han participado de la caída en el pecado, perdiendo su posición de representación, ejemplo y legitimidad en el poder, en vez de recomponer el maltrecho pacto, inauguran uno nuevo, acorde a las inéditas condiciones: uno que ya no será de abstención sino de teatro casto diurno y de goce concupiscente nocturno, puesto que siempre puede el sujeto aprovecharse, contra el poder, de la diferencia entre ser y parecer.
Para terminar, y apartándome un poco de la manera en la que venía pensando la ingobernabilidad, quiero volver a mencionar la grandiosa escena de la abadesa con calzones de cura en lugar de toca. Me parece que en esa sustitución de la toca por los calzones, sustitución metafórica que revela una verdad, y tal vez por ello es la parte más jocosa del relato, está sintetizada una impotencia de la ley para gobernar lo ingobernable, pero que no es, como veíamos antes, por incapacidad sino por complicidad con aquello que prohíbe. Esta perversa relación entre ley y goce la exploró Freud con su concepto de superyó y Bataille en su texto sobre el erotismo. Veamos la posición de Bataille: para este, desde una perspectiva antropológica, la sexualidad es humana porque es inseparable de las prohibiciones o límites que la constituyen: prohibición del incesto, mandato de cubrir la desnudez, rituales, calendarios, horarios y demás reglas y restricciones acompañan a la sexualidad y no a la copulación animal. Pero al mismo tiempo, la sexualidad es también humana porque puede transgredir los límites que la caracterizan en gracia a que existen esos mismos límites, es decir, un animal no tiene límites en su «sexualidad» que reconociendo como tales transgreda para gozar de esa transgresión, o como lo dice Bataille: el ser humano «manteniendo lo prohibido como tal, lo mantiene para gozar de él».[3] Por eso transgredir la ley no es, como puede creerse, un regreso a un estadio prenormativo, un retorno a la naturaleza, indiferente a la ley y sus prohibiciones, al contrario, lo que logra la transgresión es levantar la prohibición sin suprimirla. Pero aquí no acaban las relaciones entre sexualidad y ley: es la prohibición misma la que marca el objeto prohibido con un cariz que antes no tenía, lo saca de la indiferencia de los objetos, y al hacerlo, de una manera perversa, lo glorifica en su rechazo. De allí la fuerza y la impotencia de la ley para mandar sobre la sexualidad: pues al tiempo que la restringe, la modela, la limita, permite que pueda cumplirse como transgresión, y además la provoca y la incita. Me parece que en los relatos de Boccaccio que traje a cuento, estas ideas sobre el erotismo y la ley de Bataille se pueden reflexionar.
REFERENCIAS
[1]. El lector o la lectora puede encontrar el relato de la monja que confunde los calzones de un cura con su toca en https://ciudadseva.com/texto/el-decameron-09-02/ y la de Masetto de Lamporecchio, que se hace el mudo y entra como hortelano en un monasterio de mujeres en (https://ciudadseva.com/texto/el-decameron-03-01/).
[2]. Michel Foucault, «Sexualidad y soledad», en Obras esenciales III (Buenos Aires: Paidós, 1999), 225-235.
[3]. Georges Bataille, El erotismo (Barcelona: Tusquets Editores S.A., 1979), 43.
AUTOR

Santiago Piedrahita Betancur
Director del Centro de Estudios Estanislao Zuleta.

Santiago Piedrahita Betancur
Director del Centro de Estudios Estanislao Zuleta.